Pulpa es un suplemento de ficción semanal editado por El Cuaderno Azul que publica textos breves y potentes, directo de nuevas voces para lectores hambrientos. Recibimos textos de manera abierta, a través de este link.
¿Acaso no había dicho el doctor tantas veces que a la edad de Ángel un ACV como el que había sufrido tardaría mucho en curar? Con un milagro yo quería devolverle el tiempo, la vida de nuevo.
Gardenia en arbusto Archivo iStock
Tomás Perez Silva
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Fui a verlo al día siguiente y llevé flores. Hice el mismo recorrido de siempre mirando por la ventanilla desde mi rincón preferido del colectivo, las mismas calles, los mismos negocios abriendo sus persianas, los encargados limpiando con sus franelitas naranjas los porteros eléctricos dorados y las veredas recién baldeadas. Solo que ahora la ropa en la gente, los árboles, los autos; parecían tener un color nuevo, electrificado y brillante. Todo había cambiado, había sacado al fin el manto negro que me cubría desde que no me dejaban verlo. Ahora iba a verlo, ahora yo había cambiado, y no en mi imaginación, como les gustaba decir a ellos, sino que esta vez tenía pruebas, el cosquilleo y el dolor eran reales, cada vez que el colectivo saltaba contra los adoquines podía sentirlo en el pecho.
Pensaba decírselo sin vueltas. Llegar a su departamento, sentarme al borde de la cama mientras él todavía se despertaba, mirarlo a los ojos y decirle que había ocurrido un milagro. Le diría que no le tengo miedo a su mujer ni a sus hijos, ni a los abogados con sus amenazas ni a nadie ni a nada. Después me sacaría la parte alta del ambo despacio y él me miraría acostado sobre la almohada, sus ojos azules, chiquitos se agrandarían de sorpresa y amor y yo dejaría que me miren sin tocarme, como siempre, y esperaría hasta que él, sabiendo lo que tiene que hacer sin decirlo, acerque su boca y sería hermoso.
Caminé las dos cuadras desde la parada del colectivo hasta su casa. La ebullición eléctrica y optimista de la mañana amenazaba con transformarse en una corriente turbia que me erizaba los nervios, ¿y si no quería verme? No pienses eso, me repetía mientras atravesaba el palier saludando con disimulo al encargado que estaba distraído regando una planta. Seguí derecho para el fondo, hasta el ascensor de servicio, la espera se me hizo eterna mientras miraba los numeritos rojos iluminándose en cada piso el manto negro: ¿y si justo baja alguien y me ve? No pienses en eso, me repetí, y cerré la puerta tijera del ascensor que me llevó hasta el noveno. Todavía tenía la llave de servicio y funcionaba, no habían hecho a tiempo de cambiar la cerradura. Entré por la cocina, vigilando que no hubiera nadie, aunque sabía que a esa hora Miriam, la chica que limpia, estaría en la otra punta del departamento repasando el living como hacía todos los días, adornito por adornito, fotito por fotito; la de Ángel joven y hermoso, el pelo rubio movido por el viento jugando a ser marino en el timón de su velero, la de su viaje a Roma, frente al Vaticano, con su mujer y sus hijas, qué buen mozo estaba ahí…Ahora, aunque esté viejo y enfermo, para mi sigue siendo el de las fotos.
Caminé por el pasillo alfombrado casi en puntas de pie, escuchando el zumbido parejo de la aspiradora de Miriam que llegaba desde el fondo. Me sobresaltó un movimiento en el borde del ojo, me detuve en seco sin respirar y descubrí que era mi propio reflejo lo que se movía en el espejo antiguo que colgaba en la pared, me reí de los nervios con el corazón acelerado, me llevé las flores al pecho, respiré hondo y finalmente abrí la puerta de su habitación. Dormía. Solo, pobre. Boca arriba, los labios un poco abiertos, el pelo blanco y finito, despeinado. Entorné la puerta, asomé el cuerpo un poco más y revisando que no viniera nadie por el pasillo entré en la habitación. Cerré con traba desde adentro para que no nos molestaran. Quería pedirle perdón, decirle todo lo que no había podido decirle, pero me contuve y solamente me quedé mirándolo, con la mente en blanco. Sí. Mis sentimientos por Ángel excedían los considerados “normales” en la relación entre cuidadora y paciente. Pero esto ya no se trataba de mi amor por él, de mis sentimientos por él, esto era un tema de salud, la verdadera posibilidad de curar. ¿Cuántas veces se ha dicho que los viejos a medida que se acercan a la muerte se parecen cada vez más a los bebés? ¿o no? Alcanza con verlo dormir ahora, indefenso y frágil, como un recién nacido. No hace falta pensar demasiado entonces para entender que, si yo podía darle a él la clase de amor que se le da a un recién nacido, le estaría dando también, de algún modo, la posibilidad de vivir de nuevo. ¿Acaso no había dicho el doctor tantas veces que a la edad de Ángel un ACV como el que había sufrido tardaría mucho en curar? Bueno, con un milagro yo quería devolverle el tiempo, la vida de nuevo, ¿a cambio de qué? de nada, eso es lo que digo. Lo único que pido a cambio es estar con él una vez más y nada más.
Entonces él se despertó y me vio. Trató de hablar, pero me acerqué y le puse la mano en los Labios. Sus ojitos azules se abrieron grandes como si hubiera angelitos adentro mirándome desde un glaciar. Shhh dije susurrando. No hablés y apoyé las flores en la mesita de luz mientras me sentaba en el borde de la cama. ¿Te gustan? Son gardenias, tus favoritas. Él estiró su mano, pobre…tan frágil y flaca. Buscaba el llamador, pero lo agarré antes y le dije que no se preocupara, que esta vez venía con buenas noticias, que tenía algo que contarle, que había ocurrido un milagro. Ángel respiraba agitado, eso no le hacía bien, apoyé mi mano en su pecho, sobre los botones de la camisa del pijama y le pedí solo cinco minutos, nada más. Cuando pareció calmarse le conté. Me miraba confundido ¿Cómo no estarlo? ¡Si era un milagro! Intentaba hablar y sentía su boca caliente en la palma de la mano. Le dije que sabía que parecía una locura pero que era verdad y que si se quedaba callado se lo iba a demostrar ahí mismo. Me saqué despacio la parte de arriba del ambo hasta quedar sin ropa frente a él que me miraba con los ojos todavía confundidos apoyado en su almohada. Acerqué el pecho hasta su cara, él trató de correrse hacia un costado, pero lo sostuve de la mandíbula. Shh, le repetía. Forcejeaba y trató de zafarse, pero después se cansó y su boca rozó mi pecho, entonces supe que tenía que suceder ahí, que ese era el momento. Cerré los ojos muy fuerte, levanté la vista al cielo y pensé en el milagro, imaginé la leche que brotaba de mi pecho mientras la pija se me ponía dura. Alguien intentó abrir la puerta, golpeó una, dos veces. Llamaban a Ángel, era Miriam, después la voz de un hombre, seguramente el encargado. A mí no me importaba, seguía con los ojos cerrados, sosteniendo a Ángel que ahora estaba tranquilo y quieto, como un bebé dormido contra mi pecho, él y yo juntos en el milagro. Nada podría arruinar ese momento, ni los gritos del otro lado de la puerta, ni los golpes, ni los brazos que ahora tiraban de mí hacia atrás y me alejaban otra vez de él.
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