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Danzas en espiral

The Branford Marsalis Quartet
29 de marzo de 2025 08:58 h

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El jazz es un lenguaje hecho de citas y relecturas. Ya desde sus comienzos, en que la materia prima tanto podía venir del canto en las iglesias como de las piezas de salón o de una marcha, siempre se trató del cómo más que del qué. La misma pieza podía tratarse o no de jazz dependiendo de cómo se la tocara. Y, aunque las reglas del género sean hoy muy distintas de las que regían el estilo de King Oliver o de los primeros grupos de Fletcher Henderson o Louis Armstrong, todavía, a un siglo de aquellos primeros pasos, algo es jazz cuando se lo toca como jazz. Y al jazz se lo toca, básicamente, dialogando con el jazz.

Cada solo es, voluntariamente o no, un comentario a los solos anteriores que el músico ya ha tocado y, también, a la historia de los solos que otros han hecho sobre ese tema. Todo aquel que interprete “Body and Soul” estará abrevando en, o bordeando a, la grabación de Coleman Hawkins en 1939 (que a su vez refería a la de Chu Berry, de un año antes, y la de Henry Red Allen en 1936).

En el jazz todo es, de alguna manera, un homenaje y, además, los homenajes explícitos –a Ellington, a Miles, a Bill Evans o a Coltrane– son frecuentes. Y, desde ya, a diferencia de los covers de otros géneros, los homenajes consistirán casi siempre en alejarse todo lo posible del objeto homenajeado, aunque –y ese es el secreto– rescatando aquel espíritu en su acepción más literal: lo esquivo, lo inmaterial, lo inasible.

Hace dos días, las plataformas publicaron uno de estos homenajes. Un cuarteto de intérpretes extraordinarios –el saxofonista Branford Marsalis, el pianista Joey Calderazzo, el contrabajista Eric Revis y el baterista Justin Faulkner– toma como objeto otro cuarteto virtuoso, exactamente con la misma conformación instrumental, y no ya un tema sino un disco completo y con sus piezas exactamente en el mismo orden. El álbum original se grabó hace 51 años, en dos sesiones, el 24 y el 25 de abril de 1974. Allí tocaban Jan Garbarek en saxo tenor y soprano, Keith Jarrett en piano, Palle Danielsson en contrabajo y Jon Christensen en batería. Aquel disco fue el primero de lo que se conoció como el Cuarteto europeo de Jarrett, para diferenciarlo del americano, que conformaba, en esos mismos años, con el contrabajista Charlie Haden, el saxofonista Dewey Redman (dos ex integrantes del grupo de Ornette Coleman) y el baterista Paul Motian (que había integrado el trío de Bill Evans). Fue inmensamente influyente y se llamaba Belonging. El de Marsalis se llama de la misma manera y, por supuesto, no podría ser más diferente y, obviamente, más fiel a su alma evanescente (una palabra que en el jazz tiene, forzosamente, varios significados).

El primer mérito que salta a la vista es el rescate de uno de los aspectos más importantes –y más olvidados, incluso por él mismo– de la carrera de Jarrett: su faceta como compositor. De hecho, en la década de 1970 fue uno de los autores más prolíficos y originales (e imitados) del jazz. En una línea de raigambre ornettiana, sus temas eran siempre asimétricos e imprevisibles, con respuestas que excedían ampliamente la medida de las preguntas. Suerte de danza en espiral, como se titula el primer tema del disco, con retornos nunca literales y recorridos que cambian a medida que son trazados.

A diferencia de lo que sucedía con Miles, no se trataba de meros riffs para dar pie a las improvisaciones del caso sino de verdaderas obras complejas. Y las había en cantidades. Todos los discos de Jarrett para los sellos Atlantic e Impulse estaban llenos de temas compuestos por él. Y él, simplemente, un día dejó de hacerlo. O, mejor dicho, se especializó, por un lado, en la composición instantánea de sus largas improvisaciones solo al piano, sin mapa y sin red de seguridad, y, por otro, en componer en los bordes, o en el interior, de los standards, los temas clásicos del jazz.

Las elipsis, en esos casos, se hacían aún más elípticas. A veces, el tema era tomado para llevarlo a su explosión en mil pedazos; en ocasiones no se trataba de un punto de partida sino de una posible llegada. Podría pensarse que Jarrett, un seguidor del sufismo y, en particular, de las enseñanzas de Gurdjeff, se auto imponía esa restricción como trabajo espiritual de superación. Él, el compositor, se obligaba a no componer más que a partir de las obras de otros. Pero, al fin y al cabo, de eso se trata el jazz. Y Branford Marsalis, con su cuarteto ejemplar, vuelve a hacerlo pero, paradójicamente, tomando como standards las composiciones de Jarrett, aquello que él dejó de lado para dedicarse a los standards

El estilo de Jarrett como compositor contradecía con frecuencia, por otra parte, la identificación fácil con el lado más intelectual y reflexivo del jazz. Eso estaba, desde ya –aun tratándose de un pianista siempre al borde de la efervescencia– pero no era lo único que había. Allí aparecían, con naturalidad, frases cercanas al rhythm & blues, pinceladas pop, inflexiones latinas y hasta alguna reminiscencia de calypso. Y Belonging, con el groove de “The Windup”, el lirismo de “Blossom”, “Belonging” o “Solstice”, el soul –casi gospel– de la base de “Long as you Know You’re Living Yours”, contrastando, nuevamente, con la espiral de la melodía principal, es un muestrario exquisito de ese talento creador y, al mismo tiempo, como lo demuestra el cuarteto de Marsalis, un desafío apasionante.

A primera vista, las genealogías de Branford Marsalis, de Jarrett y, claro, de Garbarek –aquel con el que se confronta de manera directa– son bien distintas. No obstante, tanto el primero como el segundo pasaron, en sus comienzos, por los Jazz Messengers de Art Blakey y ambos fueron parte fugaz de grupos de Miles Davis.

En cuanto al saxofonista noruego, si la técnica impecable lo une con el estadounidense, todo en el sonido los separa. Donde Garbarek practica una luminosidad incandescente y hasta encandilante, Marsalis habita, si se disculpa el oxímoron, una brillante oscuridad. Si, para ambos, Coltrane es una figura tutelar, a Marsalis le llega a través del filtro de Wayne Shorter y a Garbarek pasado por la lente (también espiralada) del Gato Barbieri. Jarrett, por otra parte, no había estado ausente de los homenajes de Marsalis a una tradición con la que siempre se mostró reverente aunque jamás sumiso, como lo demostró en sus revisitas a la “Freedom Suite” de Sonny Rollins y “A Love Supreme” de Coltrane en su disco Footsteps of Our Fathers, de 2002.

“The Windup”, esa extraña danza en espiral que aquí se despliega en un virtuosismo colectivo e individual –el trabajo del joven baterista, que estuvo en Buenos Aires en las dos últimas visitas de Marsalis a Buenos Aires, en 2015 y, con este mismo cuarteto, en 2018, ya había aparecido en el álbum The Secret Between The Shadow And The Soul, registrado en 2017, también con este grupo y en vivo en Australia. “The Windup”, eventualmente, tiene una pequeña historia propia y es, tal vez, el tema de Jarrett que más ha sido tocado por otros.

Pero hay algo más que une los mundos estéticos de Jarrett y Branford Marsalis: el culto a las largas sociedades musicales y la creación de grupos que trascienden ampliamente el mero rejunte de celebridades. Los cuartetos europeo y americano de Jarrett, al igual que su trío con Gary Peacock y Jack DeJohnette –o incidentalmente Paul Motian– hicieron historia. Menos notorios, pero no menos trascendentes, son los equipos que Marsalis fue uniendo y sosteniendo a lo largo de más de cuatro décadas de carrera, en la que no deberían olvidarse ni su quinteto junto al hermano Wynton ni su participación en el grupo de Sting. Con Joey Calderazzo grabó por primera vez en 1990, en un álbum a nombre del pianista (In The Door) y, en 1999, ya aparecían él y Eric Revis como miembros de su cuarteto. En ese entonces el baterista era Jeff Tain Watts y la aparición de Justin Faulkner, en ese entonces de 18 años, se remonta a 2009 (el primer disco grabado por este cuarteto fue Four MFs Playin' Tunes, de 2011). Belonging es una mirada al pasado, del jazz y del propio grupo de Marsalis –más de quince años tocando juntos se notan– pero el centro es la mirada y no el pasado. En algún sentido, la operación del cuarteto se asemeja a la del propio Jarrett cuando se focalizó –obsesivamente– en los standards. Una cuestión de figura y fondo: fijar el segundo para resaltar el primero. Mirar la historia para construir una historia nueva.

 

DF/MF

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