En las reuniones entre amigos con hijos en edad escolar, “la escuela” siempre es un tema: que si las docentes son buenas, que si les enseñaron o no las cursivas, que la ESI, que el caso de bullying mal resuelto. Algunos mencionan que pueden comunicarse con cada uno de los docentes y directivos de la escuela de sus hijos por medio de una plataforma, otros que tienen un cuaderno de comunicaciones que leen poco, otros que reciben un newsletter con las novedades. Hace poco, una amiga me dijo que estuvo a punto de poner un comentario en el muro de una plataforma que usa la escuela privada a la que manda a sus hijos para responder un posteo con el menú mensual del comedor que le pareció muy poco saludable para las criaturas. Pero cuando estaba por hacerlo, se contuvo: está tratando de regular el enojo constante que le provocan las redes sociales y algo está mal si le genera la misma indignación la escuela donde deja a sus hijos ocho horas al día que un emergente desconocido de la manósfera.
La anécdota, sin embargo, funciona. Progresivamente, el rol de las familias y su búsqueda de intervención en la escuela está cambiando, en parte gracias –y por culpa– de las propias herramientas tecnológicas que las escuelas brindan, desde plataformas educativas sofisticadas hasta números de WhatsApp o mails para comunicarse de manera inmediata. Algunos padres hacen uso y abuso de la posibilidad de intervenir, otros se mantienen más bien ajenos a la cotidianidad escolar, mientras que en otros persiste una incomodidad: ¿siempre los padres nos excedemos y nos desubicamos o la escuela podría proveer mejores espacios para canalizar inquietudes válidas?
Para Mariano Narodowski, director del área de Educación de la Universidad Torcuato Di Tella, la transformación del vínculo escuela-familia viene de larga data: “Desde los años sesenta, las familias vienen cambiando de manera radical, a lo que se suma la aceleración en los cambios tecnológicos y sociales. Frente a eso, las escuelas siguen siendo una tecnología del siglo XVII a la que es muy difícil cambiar sin romperla. Esto provoca que la alianza escuela familia que tradicionalmente se sustentaba en el ajuste de la familia a la escuela se ha invertido y ahora es la escuela la que se adecúa a la demanda buscando la satisfacción de la demanda a la que se convierte en cliente, también en escuelas públicas. La situación siempre está al borde del conflicto y la modalidad que se utiliza normalmente desde las escuelas y con el aval estatal es conceder, no por convicción pedagógica sino para evitar conflictos”.
El avance tecnológico es clave en este vínculo de formas bien variadas. Desde plataformas que facilitan reaccionar ante cada comunicado de la escuela o contactar a los docentes hasta los grupos de WhatsApp. Los padres –y muy especialmente las madres– se conectan y opinan de cada cosa que cuentan sus hijos: cotejan versiones, se envían links con noticias de escuelas de otros países o con influencers de crianza, rumian, se organizan colectivamente y eventualmente conspiran. Una campaña para que el Gobierno de la Ciudad entregue almuerzos con menos azúcar, reclamos para que se realice un acto por el 24 de Marzo, reclamos para que no se realice, para que les pongan menos videos a los niños, para que sean menos exigentes en las evaluaciones, para que sean más exigentes, para que no los reten tanto, para que los reten más. En muchos grupos de madres de WhatsApp nada de lo escolar les es ajeno. (Un caso extremo reciente: en el Reino Unido, una pareja de padres fue detenida por la policía a causa de lo que la escuela interpretó como acoso y comunicaciones maliciosas en redes sociales contra la institución y los padres en cuestión, todavía en shock, describieron como “algunas consultas y algunas bromas en un grupo de WahtsApp”).
La rebelión de los papis y las mamis
En definitiva, las instituciones educativas son excelentes ejemplos de diseños basados en jerarquías fuertes, centralizadas, que ejercen su autoridad de arriba hacia abajo, todo eso que hoy está atravesando una crisis de confianza a partir de lo que Martin Gurri llama “la rebelión del público”.
Narodowski indagó en la pérdida de la autoridad adulta y el aplanamiento de las relaciones sociales –y su vinculación con la escuela, la familia y otras instituciones– en su libro Un mundo sin adultos (2016) y observa un estadío paradójico y novedoso. “A diferencia de otras épocas, el cuestionamiento de la autoridad no conduce a la ‘emancipación’ sino a un proceso de retroalimentación que erosiona cada vez más las relaciones asimétricas indispensables para la enseñanza. Al mismo tiempo, se produce la paradoja de la liberación que señala Baudrillard: la ‘autoridad’ tampoco está interesada en dominar, por lo que cuestionamos para liberarnos de la autoridad cuando, en realidad, la autoridad se libera de nosotros”, explica.
Patricia Doria Medina, rectora de la secundaria del Colegio Esquiú profundiza en la mirada sobre el vínculo con las familias mediada por tecnologías: “La tecnología tiene su lado bueno: si está pasando algo en el colegio que no sabíamos, como algún caso de bullying, podemos accionar inmediatamente y uno resuelve problemas más rápido, especialmente en cuestiones de comunicación. Después existe lo tremendo que es lo que se genera en esos chats de mamis o papis donde hay un montón de gente opinando y a veces amplifican algo que era minúsculo y eso genera muchísimos temas entre la familia y el colegio”. La pandemia, señala, también implicó una especie de apertura de la “caja negra”: los padres empezaron a ver qué se enseñaba y cómo, si bien eso que pasó en la educación virtual poco se aproximaba a lo que sucede en un aula presencial.
Con más de tres décadas en la gestión educativa, señala que hay un cambio importante en la relación de las familias con la escuela: “Antes los padres confiaban totalmente en la escuela, confiaban en que los iba a educar en lo académico, en lo personal y en los valores. No preguntaban. Nunca sugerían ni pedían cosas a la escuela. Ese cambio se fue dando de a poco. Los padres empezaron a querer saber, se interesaban, pero también le empezaron a reclamar a la escuela que se ocupe de cosas que no necesariamente le corresponden a la escuela. El involucramiento de los padres no es necesariamente negativo, porque muchas veces generan un cambio positivo en la escuela”.
Pero no se trata solamente de la tecnología. Una docente de nivel inicial de un jardín estatal de Villa Lugano señala que, en los más de diez años que lleva trabajando en escuelas, la demanda de padres y madres aumentó notoriamente: “La escuela tiene que resolver muchas cuestiones que no son solo lo educativo. Las familias se acercan con todo tipo de inquietudes, desde una vacuna hasta cosas más heavies como violencia familiar. Hay veces que tengo que ayudar a algunas familias a hacer la inscripción online o sacar un turno médico porque nadie los ayuda. En otro tipo de colegios, los padres te dicen fijate que tome agua o todo el tiempo están marcando lo que deberías hacer vos como docente. A veces tienden a pensar que solamente existe su hijo o su hija y no se fijan que hay muchos otros niños”. Giselle Bevacqua, directora de un colegio primario de gestión estatal, suma una mirada: “Me parece que en el escenario actual son pocas las instituciones que representan al Estado que tienen una persona que responde, como puede ser la escuela o un hospital: la gente se acerca y se encuentra con alguien que los puede recibir y escuchar. Y hay una mayor demanda de este encuentro en distintos niveles: puede ser por asesoramiento en cuestiones pedagógicas, de crianza, vida cotidiana y en muchos casos hay un acercamiento a la escuela desde la denuncia, el reclamo, la crítica de ciertas situaciones, a veces con cierto tono más beligerante o un tono más de diálogo”.
Hay distintos puntos de vista para observar el fenómeno. Alicia García, directora de la primaria de la Escuela Nro. 26 de la ciudad de Buenos Aires en Parque Patricios y con casi treinta años de experiencia en escuelas de gestión estatal, señala como algo positivo el cambio en el interés de las familias aunque sostiene que depende mucho de la escuela: “Ahora están muy al tanto, si bien hay diferencias entre las escuelas. En esta escuela están pendientes de lo que aprenden, de cómo están. Tiene una comunidad muy presente y muy demandante, pero también te devuelve un montón de cosas, en comparación con otras escuelas en las que estuve: cuando necesitás algo vienen, están en las reuniones de padres, en las clases abiertas, en la cooperadora, te agradecen”.
Los padres como usuarios enojados
Así como en las escuelas de gestión privada aparece más a menudo el miedo a que las familias se vayan o se quejen, la idea de los ciudadanos como usuarios indignados excede el tipo de gestión: “Yo no creo que haya grandes diferencias –sostiene Narodowski–. La posición de cliente está en todos lados, se cobre o no. En las escuelas privadas la participación o la intervención de las familias es más aceptada por motivos financieros o por pertenencia comunitaria pero difícilmente esté institucionalizada. En las escuelas públicas, lamentablemente, la participación de los padres está circunscripta a cuestiones muy menores: a diferencia de otros países latinoamericanos, las familias no tienen ámbitos de participación institucionalizados y regulados, desde la escuela hasta el consejo federal de educación”.
La posibilidad de encauzar o institucionalizar el lugar de los padres y especialmente madres actuales –mucho más activas y menos sumisas en general y en particular en relación a la crianza de sus hijos– parece ser la única opción para acomodar una relación que tiene el potencial de ser mucho más virtuosa. Una vice directora de un colegio privado concluye que sin las familias no hay ninguna construcción posible: “Probablemente en otro momento el discurso escolar y el familiar estaban más alineados. Creo que ahora hay que repactar más seguido. Eso implica convocar a las familias para pensar juntos, lo cual lleva mucho tiempo y trabajo, pero en el fondo me parece que es el modelo de escuela que va a permitir educar a estos niños. El tema es que no puede partirse siempre del reclamo, la queja o la sospecha. Hay que filtrar y entender las normas también. Porque hay un deseo de muchas familias de empujar el límite y hacer de la excepción la regla”.
Como reconoce Doria Medina: “Cuando tenés un alumno con alguna problemática y trabajás codo a codo con la familia el resultado es lindísimo. En eso es que está bueno que las familias puedan venir, involucrarse y decir lo que les está pasando para buscar que ese alumno salga adelante y termine bien. En esos casos, como educador, es cuando ves que tu función cumplió su rol”.
NS
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