Tomo una lágrima con dos galletitas diminutas en el bar ubicado en la esquina de Lavalle y Rodríguez Peña. Es la mañana de un día soleado y disfruto de los rayos tibios que ingresan por el ventanal. En el predio en el que me senté estuvo la casa de Florencio Molina Campos, cuya foto en blanco y negro preside una de las paredes. El hombre parece un dandy. Fue el pintor de la llanura y de los personajes estampados en los almanaques de campo, con la pampa, las tiendas, los mostradores de estaño, los gauchos y las chinas Iron.
Inevitable el recuerdo de la China, de Gabriela. La sincronicidad me lleva a la ficción de Cabezón Cámara: el desierto, la carreta. “Bañadas así, en esa entraña luminosa, partimos. Ella dijo England. Y por ese tiempo para mí esa luz se llamó light y fue Inglaterra.” Está escrito que la luz y la opacidad van dominando con insistencia los asuntos del amor. No hubo ni habrá fin de la Historia mientras el amor sea mayor que el odio. Es mi apuesta más íntima. Creer, por persistencia en una ética humanista y de alabanza de lo vivo, que hay horizontes.
Leo La palabra que queda, del brasileño Stenio Gardel (novela de Edhasa, con traducción de Guillermo Saavedra). “Ganas tuvo, sí, desde pequeño, pero su padre le decía que la letra era para los niños que no necesitaban llenar su propio plato. Raimundo entró muy pronto en la brega. De noche, el brazo ritmado en el golpe de la guadaña pedía descanso, porque al otro día habría más”. El hombre escribe por primera vez su nombre a los 71 años. Por fin las palabras de trazo titubeante descansan serenas sobre la hoja de papel y escriben también el nombre de Cícero, el otro cuerpo que se hizo uno con Raimundo “en la desesperación de la pasión”.
En los libros aparecen restos nocturnos, fantasmas o deseos no consumados, las oscuridades de la razón. La fantasía como morada posible, alojando las ganas y la realización del afecto y de la escritura. La (buena) imaginación al poder.
Está dicho, en el cuento El amor de Martín Kohan y, claro, en Martín Fierro, el original. No somos de hierro ni de una sola pieza, somos blandura y fortaleza. Somos seres humanos.
“Sí, también soy humano, y lo fue mi hermano, antes y después de morir. Pero el odio, por la gente inclulcado, lo llevó a lo alto y consiguió la paz”, cantaba Pastoral el tema de Alejandro de Michele.
¿Qué otra razón hay para vivir, excepto el amor? “Ese ha sido mi problema principal. No he podido amar a nadie. No puedo confiar en nadie como para entregarme por completo. Pero estoy preparado. Es algo que quiero. Y estoy a punto, tengo que... porque... bueno, ¿qué otra cosa queda? De eso se trata. De amar a alguien”, le dice Marlon Brando a Truman Capote para su libro Retratos.
En Tres vidas, en cambio, Gertrude Stein nos cuenta la vida de Anna, Lena y Melaneta, tres criadas de principios de siglo XX que están definidas por la pobreza, la obediencia y el trabajo a destajo. En el volumen de la editorial Palmeras salvajes las mujeres son incapaces de pensar en la miseria de sus vidas y están sofocadas por los patrones de la buena conducta, el olvido de sí y el sacrificio.
A través de los balbuceos maníacos de estas criaturas y de un lenguaje irónico, que tienen su eco en el cubismo y las vanguardias del momento, Stein desafía el espíritu puritano y antierótico de los Estados Unidos.
Vivimos en tiempos difíciles. Como lo fue la Inglaterra que creó Charles Dickens en la novela por entregas Oliver Twist (1838) y que se parecía demasiado a la Gran Bretaña, aunque Argentina nunca fue tan poderosa. Y nosotres fuimos (seguimos siendo) su víctima por la ira de un borracho desesperado. Las fábulas y las realidades parecen repetirse, aunque la historia parece suceder en forma de caracol, espiral, racimo de uvas. Nunca se reitera del mismo modo, siempre hay un matiz respecto de la matriz.
Malvinas es una herida abierta. Y también duele la partida de Douglas Vinci, el reverendo de Radio Bangkok a 40 años de la creación de la Rock & Pop. Carlitos. Escribe en Facebook mi amigo Julio Lavallén, que fue su maestro de dibujo en los ochenta: Acá dejo este chiste hermético tuyo, trabucando a Vitrubio por Viturbio, y tu autorretrato pirata de mirada ingenua, con el único ojo que te servía un poco, y el humito sagrado de los que hacen señales para comunicar, en tu palma sabia. Abajo escribiste: ‘todo en un instante mudo y quieto’. Así quedamos los que te conocimos y te quisimos, cuando entendimos que te rajaste, cuando comprendimos que ya no te veremos más. Dios te tenga en su gloria, mostro, y que no te suelte!!! Buen viaje Carlitos!
¿Se habrá avispado, Carlos Masoch, del paso del tiempo, de la gravedad y de la ausencia?
En el Astros, veo Las cosas que perdimos en el tiempo, basada en algunos cuentos del libro de Mariana Enríquez. El neogótico en el barrio de Constitución, a pasitos del taller de Lavallén. “Ardió apenas veinte segundos” en el cuerpo de una mujer muy joven.
“Cuando vi lo que (el director) Leonel Schmidt hizo con seis relatos de mi libro de cuentos, me encontré con una experiencia artística especial. Encontré una lectura, una mirada propia y un enorme respeto por los textos. Con recursos elegantes y usados de forma inteligente, y actores muy jóvenes que intercambian roles, género y personajes. La puesta es poderosa y sensible, quizá desafiante, incluso para mí. La disfruté mucho”, dijo Enríquez.
Me siento con mi amiga Carola en la fila siete. Está Andrea Stivel, toda una vida amiga de mi hermana Irene, que acaba de publicar su libro Aprieta pero no ahorca, entrelazando hechos históricos del país: “la idílica infancia, la adolescencia bajo la dictadura, la Guerra de Malvinas, la recuperación de la democracia, las esperanzas, las decepciones, el 2001, la militancia y el camino para construir una vida feliz”, dice en la copntratapa Gabriel Marcelo Wainstein. La emoción es intensa, como el reencuentro con Mariano del Mazo y conocer a Lola, preciosa con su papá en la platea.
Fraternidades. Hoy estrena mi otra hermana, Marcela. La pieza se llama No me quiero morir sin conocer al amor de mi vida. El amor, otra vez. Su amor con Fernando, recreado en las tablas del Azul, el teatro en el que van a fabular sobre los encuentros en la era de internet. Primera vista virtual y todo lo que puede venir de bueno ¡y viene después! La tecnología al servicio del amor y el amor como sostén indispensable para enfrentar la vida.
Vemos Representacional, donde el libro se convierte en lenguaje, y cada gesto es una historia esperando ser contada. Obra residente del laboratorio Prodanza, la performance está en el Club de Trapecistas Estrella del Centenario. Es una fiesta audiovisual en la que los cuerpos acrobáticos nos cuentan jugando sobre todo aquello de lo que somos capaces. Arte por arte. Me libero de aquel cuento, de la Compañía Sinestesia, es también danza aérea y teatro físico en la que cuatro mujeres bailan y nos muestran cómo fuimos envueltos por ciertos cuentopos, con la gravedad de lo que se impone. También en Ferrari 252, Ciudad de Buenos Aires.
El amor. Son los tiempos del cólera. ¿Alguna vez no lo fueron? No sólo de pan vivimos, pero cuánto hacen falta el pan, la memoria, la alegría, el pensamiento, la lucha. De nuestro movimiento, del particular, situado, amado, acariciado danzar cotidiano y colectivo, no nos moverán.
LH/MF