De EEUU a la cárcel en El Salvador: Andry Hernández, el maquillador al que Trump deportó por sus tatuajes de coronas

Desde que tiene uso de razón, a Andry José Hernández Romero le cautiva el día de Reyes, el 6 de enero, que da fama a su ciudad natal en Venezuela. Solía participar, junto a miles de cristianos, en las fiestas que se celebran en las calles de Capacho para conmemorar este día.
A los siete años, Andry se convirtió en un mini rey, como se conocía a los miembros del grupo de teatro juvenil del pueblo, Los Mini Reyes. Más tarde, se tatuó dos coronas en las muñecas para recordar las celebraciones carnavalescas de la Epifanía y sus raíces católicas. “La mayoría de los capacheros se tatúan una corona, a menudo añadiendo el nombre de su padre o de su madre. Mucha gente de la ciudad luce estos tatuajes, es una tradición que empezó en 1917”, dice Miguel Chacón, presidente de la fundación Reyes Magos de Capacho.
Los agentes de inmigración de Estados Unidos no parecen conocer esta tradición latinoamericana. En agosto, detuvieron a Hernández después de cruzar la frontera sur para acudir a una cita programada para la solicitud de asilo en la ciudad de San Diego. Maquillador, peluquero y amante del teatro de 31 años, Hernández es gay y explicó a los agentes que huía de la persecución derivada de su orientación sexual y sus opiniones políticas. Apenas unas semanas antes, el líder de Venezuela, Nicolás Maduro, había desatado una fuerte represión entre acusaciones de fraude en las elecciones presidenciales tras 11 años en el poder.
Los agentes consideraron que los tatuajes de Hernández son una prueba de que es miembro de la pandilla más conocida de Venezuela, el Tren de Aragua, y que representa una “amenaza para la seguridad” de Estados Unidos. Según documentos judiciales publicados recientemente, un agente del centro de detención de Otay Mesa, en California, alegó que “el detenido Hernández porta [sic] tatuajes 'coronas' que coinciden con los de un miembro del Tren de Aragua”.
Esa valoración de menos de 20 palabras parece haber sellado el destino del joven estilista venezolano, pero sus amigos, su familia y sus abogados dicen que nunca ha cometido ningún delito. El 15 de marzo, tras más de seis meses detenido en Estados Unidos, Hernández fue uno de los muchos venezolanos trasladados en avión desde Texas a una prisión de máxima seguridad en El Salvador como parte de la campaña de deportaciones masivas de Donald Trump. Para horror de sus familiares, algunos detenidos desfilaron ante las cámaras y fueron grabados mientras los guardias los maltrataban y les afeitaban la cabeza antes de meterlos en las celdas.

“Dejen ir a mi hijo. Revisen su expediente. No es un miembro de una pandilla”, suplica la madre de Hernández, Alexis Dolores Romero de Hernández. La mujer de 65 años intenta procesar que su hijo es uno de los muchos presos que ha desaparecido entre los muros del llamado Centro de Confinamiento del Terrorismo, cuyo acrónimo es CECOT, un centro penitenciario de máxima seguridad ubicado en Tecoluca, El Salvador.
No sabe nada de él desde que la víspera de su traslado le llamó para comunicarle, erróneamente, que iba a ser deportado a Venezuela. “Todo el mundo tiene esas coronas, mucha gente. Pero eso no quiere decir que estén involucrados en el Tren de Aragua... Él nunca ha tenido problemas con la ley”, dice la madre de Hernández. “No sabemos nada. No nos dan ninguna explicación. No dan información. Ese es el mayor dolor, no saber nada de estos jóvenes, sobre todo del mío”.
“Es completamente inocente”
La situación de su hijo ha causado indignación en Táchira, el estado occidental donde creció. Los lugareños abarrotaron la pintoresca iglesia del siglo XIX de Capacho, San Pedro de la Independencia, para exigir su libertad. “Estamos hablando de alguien que ha participado en las celebraciones del Día de Reyes de Capacho durante 23 años”, dice Chacón, que lidera la campaña. “Por eso estoy haciendo todo lo posible para que este joven sea puesto en libertad. Es completamente inocente”.
Krisbel Vásquez, manicurista de 29 años, niega que su amigo, alguien “tranquilo, amable y sencillo” sea un villano. “Lo conozco de toda la vida. Él nunca ha molestado a nadie”, dice, y pide al presidente de Estados Unidos, Donald Trump y al presidente de El Salvador, Nayib Bukele, que reconsideren su decisión. Xiomara Ramírez, de 57 años, explica que su hijo creció con Hernández, y que ambos hacían los deberes juntos en su casa. “Me pregunto por qué tanta injusticia. ¿Por qué Estados Unidos no da oportunidades a personas buenas como Andry?”, pregunta Ramírez.
Melissa Shepard, abogada del Centro para la Defensa Legal de los Migrantes, con sede en California, que representa a Andry, se muestra perpleja por el hecho de que su cliente, “muy dulce, amable y considerado”, haya sido encarcelado en “uno de los peores centros penitenciarios del mundo”. “El hecho de que el Gobierno de Estados Unidos haya cogido a alguien tan vulnerable y lo haya puesto en una situación tan aterradora es horrible. Nuestro miedo es que si esto le puede pasar a él, le puede pasar a cualquiera”, dice.
La creciente indignación por la grave situación de Hernández, y la de otros venezolanos aparentemente inocentes deportados a El Salvador por sus tatuajes, se está extendiendo a lugares insospechados. “Es horrible”, dijo en su último programa Joe Rogan, un podcaster que apoya a Trump. Rogan ha apoyado la ofensiva de Trump contra los “criminales” venezolanos que, según el presidente, aterrorizan a EEUU. “Pero no [dejemos] que peluqueros gays inocentes sean metidos en el mismo saco que las bandas”, ha afirmado en su programa. “¿Cuánto tardarán en salir? ¿Cómo podemos sacarlos de la cárcel? ¿Hay algún plan en marcha para alertar a las autoridades de que han cometido un grave error y corregirlo?”.
Lo cierto es que nada parece indicar que la Administración Trump vaya a reconsiderar su decisión de enviar a tantos venezolanos a El Salvador basándose pruebas tan poco sólidas. El lunes, Trump agradeció a Bukele que El Salvador haya acogido a otro grupo de presuntos delincuentes latinoamericanos “¡y darles un lugar tan maravilloso para vivir!”. Por su parte, Bukele ha afirmado que las deportaciones son “un paso más en la lucha contra el terrorismo y el crimen organizado”, y que los 17 integrantes del grupo eran “asesinos confirmados y delincuentes de alto perfil”.
En un encuentro con los medios, la secretaria de prensa de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, se ofendió cuando se le preguntó sobre el uso por parte de los agentes de un “sistema de puntos” para clasificar a los detenidos como miembros de pandillas en función de sus tatuajes o su atuendo. “Vergüenza debería darle a usted y vergüenza a los principales medios de comunicación por tratar de encubrir a estos individuos [criminales]”, respondió, asegurando que se utiliza “una letanía de criterios” para identificar correctamente a “terroristas extranjeros” o “extranjeros criminales ilegales” para su expulsión.
Shepard cuestiona la afirmación de la Administración de que detenidos como Hernández están siendo “expulsados”. “Ha desaparecido”, afirma. “Sé que el Gobierno intenta utilizar el lenguaje de que fue 'expulsado' [pero]... lo cierto es que ha desaparecido”.
“Quería ayudarnos y cumplir su sueño”
A miles de kilómetros de distancia, en Capacho, la madre de Hernández habla con tristeza de cómo su hijo decidió el pasado mayo, en contra de los deseos de su familia, salir de un país económicamente deteriorado y emprender el peligroso viaje hacia el norte a través de la selva del Darién, entre Colombia y Panamá. “Se marchó porque quería ayudarnos... y cumplir su sueño”, dice Hernández. “Ahora la realidad es muy distinta”.
En una tarde reciente, ella y cientos de manifestantes llenaron la iglesia de San Pedro para su última vigilia en apoyo de Hernández. Entre la multitud había tres hombres disfrazados de Reyes Magos, con barbas postizas y diademas salpicadas de joyas falsas. Portaban placas con las palabras 'conciencia', 'justicia' y 'libertad'.
“Nosotros, su familia y todo el pueblo respondemos de la inocencia [de Hernández]. No es posible que, en Capacho, tener un tatuaje de una corona sea un símbolo de orgullo, pero para él, sea una prueba de que es un criminal”, dice Chacón. “Sé que Trump es un buen hombre y Bukele es un buen hombre. Pero no puede ser que hayan mandado a este joven a la cárcel. Debe haber muchos otros jóvenes en la misma situación”.
Traducción de Emma Reverter.
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