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TEATRO

Cómo sobrevivir a la llegada de un bebé en plan de comedia

Débora Zanolli en Entre tus siestas. El cansancio agotar de cuidar un bebé.

Moira Soto

5 de abril de 2025 14:35 h

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No se nace madre. Y menos aún, padre. Se aprende –o no– sobre la marcha, porque manuales, videos, consejos de profesionales o de las voces de la experiencia aportan relativamente a la hora de decodificar llantos, maniobrar ese frágil cuerpito, percibir que el estrés se acrecienta… Sobre todo, si se trata del primer hijo que viene a trastocar vida y costumbres de una pareja ya desde finales del embarazo. Cosas que suceden en registro de comedia desenfadada en la obra de Brenda Howlin titulada Entre tus siestas, que fuera presentada en 2023 y que acaba de reestrenarse con ligeros cambios en El camarín de las musas, luego de representarse con buena repercusión en febrero pasado en un semimontado en Madrid.

Desde su primera pieza, Jenni, Jenny & John (2010), Howlin se ha ido decantando por ese género que se permite jugar intencionadamente con el humor, desdramatizar sin eludir momentos emotivos. Con su anterior espectáculo, Shamrock, escrito en verso libre, sobre la inmigración irlandesa que llegó a la Argentina a comienzos del siglo XX, la dramaturga –también actriz y puestista– logró un suceso de cuatro temporadas en Caba y una en Mar del Plata. Y ahora codirige el reestreno antes citado en armónica sociedad con Flor Micha (asimismo responsable de las expresivas coreografías) y Santiago Swi.

La verdad es que, en tiempos inciertos, sombríos se redoblan los beneficios de, cada tanto, mirar la vida concentrada en una ficción; recreada a través de la lente de la comedia, la sátira, la farsa: géneros que –no casualmente– suelen disgustar a gobernantes autócratas, bajo los cuales la risa se vuelve antídoto reparador, física y mentalmente. Incluso, puede convertirse en un saludable acto de resistencia.

Finalmente, embarazo y bajón posparto salieron del armario

Tanto desde la autoayuda bajo distintas formas, como desde la literatura, el cine y las series se han ido desmitificando las etapas del embarazo, el parto y el regreso al hogar con un nuevo habitante, tan idealizadas y/o encubiertas hasta hace pocas décadas. En la segunda mitad del siglo XX todavía se disimulaba la panza creciente con ropa muy suelta, los padres apenas comenzaban a participar del parto y, en general, se daba por sentado que el idilio de la madre con el bebé debía ser instantáneo desde el vamos. Poco, muy poco se hablaba de la depresión posparto (pese a que en nuestro país tuvimos a una gran precursora, Marie Langer, que trató esa problemática en su ensayo Maternidad y sexo, Paidós 1964, primera edición).

Demi Moore, tan alabada actualmente por su actuación en La sustancia, fue un agente de cambio importante cuando en 1991 aceptó la apuesta de la revista de Vanity Fair de salir desnuda en una portada, tres cuartos de perfil con su enorme panza del noveno mes, fotografiada por Annie Leibovitz. Hermosa imagen que generó escándalo al punto que en los kioscos se vendió ese ejemplar ensobrado como si fuera pornografía; pero que, al mismo tiempo, contribuyó en gran escala a que las mujeres en la llamada altri tempi “dulce espera” comenzaran a exhibir con orgullo su redondez con prendas ajustadas o directamente en bikini.

En las artes visuales, salvo algunas Vírgenes esperando al Mesías en, por ejemplo, pinturas del siglo XV, pocos son los cuadros que en centurias pasadas destacaran cuerpos femeninos en situación de embarazo, en épocas en que las mujeres tenían muchos hijos. Recién en el XX y especialmente debido a pintoras de inspiración feminista (Alice Neel, Louise Bourgeois, Jenny Saville, muchas más) el embarazo alcanzó rango estelar. En cambio, han sido muchas las escenas de maternidad -madre junto a la cuna, en particular- que originaron cuadros rebosantes de ternura. Entre los cuales esta cronista prefiere destacar el de un pintor poco conocido, entre el XIX y el XX, que genuinamente estimaba a las mujeres de toda edad, preferentemente de condición humilde: tal es el caso del noruego Christian Krohg y su inefable Madre dormida con niño, de 1883, donde el artista refleja el agotamiento de esa mujer que se adormece acunando a su bebé.

Mi reino por una noche completa con Morfeo

Hay que reconocer que Brenda Howlin y su excelente equipo van a los bifes –para decirlo en criollo– en Entre tus siestas. En forma condensada, humorística, sin rodeos desde el texto, la puesta en escena y la actuación pasan por temas y detalles concernientes a la espera, la llegada del bebé y la alteración posterior que entraña esta presencia y sus exigencias… Las inseguridades, los miedos, la extenuación de los primeros meses. Pero también la felicidad, los descubrimientos, el alivio de confirmar que bebé respira en su moisés, la gratitud cuando por fin se queda dormido. Todo dividido en varios episodios que parten del preparto, prosiguen con el parto en la clínica, una danza de la teta, escenita de celos infundados, una charla de hombre a hombre (de papá con bebé en su moisés), zoom laboral, la noche Marolio (resuelta con cama matrimonial vertical y pequeñas escenas separadas por apagones de la pareja con bebé cerca), primer cumpleañito… 

Todo en clave risueña, de a ratos con trasfondo serio porque es cierto que en parto ella, según su fluir mental grita “desde el fondo de la tierra, el grito de un millón de mujeres juntas” y en simultáneo tiene la percepción de que “yo también soy un bebé que acaba de nacer”. Y que la tensión por estar sujetos al párvulo y el cansancio por el sueño interrumpido los arrasa a ambos: él vuelve del trabajo, da tres pasos y cae redondo en el piso; ella, encerrada y tratando de llevar a cabo reuniones laborales por zoom sentada en el inodoro mientras se aplica el sacaleche y manda mensajes telefónicos, cae en la tentación de revisarle el celular al marido escudándose en que “las puérperas son inimputables ¿no?” (parte de la letra de una suculenta canción, donde se confiesa al público, que entona en tanto él sigue mirando una serie). Una infracción menor considerando el descenso de la autoestima y lo que le cuesta ponerse a escribir la adaptación de una novela.

Entre tus siestas es uno de esos espectáculos donde la suma de los factores funciona en igualdad de rendimiento: un texto ingenioso que entre risas toca aspectos sensibles de la maternidad y la paternidad; una escenografía y un vestuario muy funcionales; la banda sonora y la iluminación se integran estupendamente. Las actuaciones de la magnífica comediante todo terreno Débora Zanolli (que paralelamente está en Lo que el río hace) y de Martín Tecchi, actor inteligente y versátil, logran conformar una pareja inolvidable.

Evidentemente, Brenda Howlin ha tratado una temática de manera universal: premiada en España, esta obra, como quedó dicho, se dio en Madrid. Al respecto de esta experiencia, dice la autora: “Estaba temblorosa en la butaca de un teatro nuevo, sin mis compañeros de equipo de cada domingo. Estoy sola en Madrid viviendo un sueño insoñable. ¿Se reirá el público? ¿Funcionará mi obra en otro país? ¿Se emocionarán? ¿Interpelará al público español este texto tan personal? ¿Cuál será el jingle que reemplazará el de Marolio?. Incertidumbre, ansiedad, adrenalina. Así estoy antes de que empiece la función. Viajé a Madrid gracias a un concurso de dramaturgia gestionado por Argentores y SGAE (de España) que seleccionó mi texto para un semimontado dirigido por el talentoso y sensible Paco Gámez. Empieza la función, escucho las primeras risas. Suena lindo mi texto en boca de otros actores, con otro acento. Los intérpretes son increíbles; todo lo que veo me gusta, me emociona, me hace sonreír. Percibo que el director llegó al corazón de la obra, conectó con el pulso de la comedia, supo ver la poesía del material. Río y lloro, como cada domingo en Buenos Aires. Termina.  Un aplauso de pie. Esto no me lo quiero olvidar. Nos abrazamos con el nuevo equipo. Semejante respuesta nos despierta el deseo de que esto continúe. Así que en eso estamos, viendo la manera de poder montarla en Madrid.”

Entre tus siestas, los domingos a las 17 en El camarín de las musas, Mario Bravo 960

MS/MG

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