El padre narcisista
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“Tu papá lee la contratapa de un libro y te lo explica, no como si lo hubiera leído, sino como si él mismo lo hubiera escrito”, le dice una mujer –ex amiga– al protagonista y narrador de La otra hija, la novela de Santiago La Rosa.
¿Quién es este protagonista? Un joven psicoanalista, que después de enamorarse de una mujer y consolidar una pareja, fue padre. Tuvo a su primer hijo; mejor dicho, una hija y ahí, entonces, le cae el pasado encima.
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¿Cómo un hijo se convierte en padre? Haciendo las cuentas con su propio padre. Esto lo refleja muy bien otra novela, Norteamericanos, de Gertrude Stein, que comienza con esta breve escena: “Una vez un hombre enfurecido arrastró a su padre por el huerto de su casa. –Detente –gritó al fin entre gemidos el anciano–. ¡Detente! Yo nunca arrastré a mi padre más allá de este árbol”.
Ahora bien, ¿cómo se mata al padre cuando este es una sombra? Al poco tiempo de saber que será abuelo, el padre del joven psicoanalista, el futuro padre, comienza a preparar una habitación en su propia casa para un nieto varón. Cuando se entera de que el niño será una niña, la ilusión se volatiliza y, luego, desaparece el hombre.
La evaporación de este padre-abuelo no ocurre antes de que le deje a su hijo una suerte de advertencia, una carta astral en la que se anticipa un destino problemático para la niña. El hijo lo llama y lo insulta. Ahora sí, se corta el vínculo.
En este punto, comienza la narración propiamente dicha. Porque en función de ver cómo crece su hija, el joven psicoanalista –que vive con miedo a que le pase algo, lo que debilita su posibilidad de tener autoridad en la familia– se entera de que, antes casarse con su madre, el padre tuvo otra esposa y… otra hija. He aquí, entonces, la otra hija.
Comentar una novela siempre es difícil, más fácil sería –cuando la novela es buena– decir “Léanla y después me cuentan ustedes a mí”, pero si me detengo en estas líneas, es porque creo que hay diferentes elementos de valor que quiero precisar.
Por un lado, esta novela es magnífica para quienes estén interesados en el peso de lo transgeneracional en una familia. El hijo será padre de una hija a una edad semejante a la que tenía su propio padre cuando fue padre y este deja de ver a la nieta a una edad aproximada a la que tenía su propia hija cuando –este el drama del que nos enteramos– murió.
Acaso, ¿el miedo a que le pase algo a su hija –al punto de ir de noche a escucharla respirar en su habitación– puede achacarse a que sea un primerizo o, más bien, no cabe reconducirlo a la pérdida de esa hija sin nombre, excluida de la historia familiar? La novela de La Rosa es muy bella por cómo desarrolla que el hijo que quiere avanzar en saber quién era su padre, no es un detective que quiere develar un misterio, sino que busca conocerse a sí mismo a través de ese otro que es un padre.
Un padre, ese padre que, según avanza la historia, nos damos cuenta de que es lo que hoy se llama un “narcisista”, una especie de Zelig, un manipulador, un tipo capaz de cambiar de vida como de reinventarse, que ve a las personas de su entorno como prolongaciones de su yo omnipotente, un mentiroso que cree en sus mentiras.
Por otro lado, entonces, esta novela es muy buena para decir qué es en serio un tipo de personalidad narcisista y reservar este adjetivo para casos puntuales, en lugar de como ocurre hoy en las redes cuando se designa de ese modo a cualquier persona con quien vivimos una desilusión. Y La Rosa, en lugar de aplicar una ley de contacto cero y depositar todo el mal en el otro, para repetir la historia con otra persona, hace lo más valiente que puede hacerse en un caso así: atreverse a saber.
Su padre fue un gurú macrobiótico, luego un psicoanalista de prestigio, hasta que se convirtió en un líder gestáltico. Jamás estudió nada, siempre fue detrás de presas y un mundo en el que crecer, para acomodar el entorno a su ambición; sin embargo, nadie puede atribuirle maldad, menos el narrador cuando describe las diferentes situaciones en que el padre estuvo envuelto. Comprender es perdonar, dice un viejo y célebre refrán.
Quizá el verdadero perdón esté en renunciar a ver la historia como una secuencia de acciones voluntarias, dejando caer la atribución de intenciones, para estar más cerca del final de El Gran Gatsby: “Así seguimos, golpeándonos, barcas contracorriente, devueltos sin cesar al pasado”. Oponerse a ciertos movimientos es algo inútil.
Por último, una apreciación que quizá sea más una elaboración personal, a partir de la lectura, aunque creo que también tiene asidero en la novela. Pienso en cuánto un hombre puede llegar a limitarse a sí mismo para evitar el conflicto con el padre. En efecto, la salida más cobarde parece la más saludable moralmente: no ser como él. Así, de un padre narcisista puede devenir un hijo bueno, que goza de su bondad, pero que así siempre será hijo. Esto es lo que la novela también desarrolla. El hijo bueno también debe morir.
Matar al padre es hacerse cargo de su herencia, llevar en la carne el aguijón que hiere. El padre que tiene miedo de que a su hija le pase algo, ¿no pone de manifiesto en ese temor su modo tibio de desear? Los padres son filicidas y por eso también tienen que responder, que nadie se haga el santo de querer ser un padre diferente. Por lo tanto, ¿quién puede tirarle la primera piedra a su propio padre, aunque este sea un narcisista megalómano? O arrastrarlo más lejos por el huerto, según la imagen de Gertrude Stein.
Por lo general, esos padres “buenudos” –tan comunes en nuestro siglo XXI– que no se hacen cargo de sus impulsos hostiles, que se niegan a encarnar la autoridad, que no le hacen de tope al goce del hijo (con el que muchas veces más bien se identifican), terminan haciendo mucho daño a los niños. Por supuesto, todo en nombre del bien.
Porque ser padre no es para hacer las cosas bien o mejor que los otros, sino para introducir a la progenie en una filiación, con sus tragedias y retornos. Que un hijo esté dispuesto a ser padre, no solo quiere decir que tiene que matar a su padre, sino que también tiene que estar dispuesto a morir como hijo parricida.
Voy a recomendar esta novela con una última idea. Los neuróticos suelen creer que sus padres son más terribles de lo que en verdad fueron. Con los años, descubren que los repiten, que hay mucho en común y hasta se consigue una actitud compasiva con sus errores. Lo que me gustó de La otra hija, es que no tiene ese rodeo; el padre es un loco, uno de esos tipos de los que todos se fueron alejando con el tiempo, si no es que él los dejó antes. Y, sin embargo, ahí hay un trabajo por hacer.
Heredar el mal es también la responsabilidad de un sujeto ético.
LL/MF
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