Pulpa es un suplemento de ficción semanal editado por El Cuaderno Azul que publica textos breves y potentes, directo de nuevas voces para lectores hambrientos. Recibimos textos de manera abierta, a través de este link.
Van a hablar un rato más, luego le vas a decir que tenés que irte, que tenés cosas por hacer. Otra mentira. Él ensaya un llanto, te dice, Estoy solo. Abrazalo.
manos de hombre mayor sobre bastón
Emanuel Zerbos
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Vas a tocar el timbre de la residencia geriátrica, va a abrir la puerta el enfermero y se va a presentar, le decís tu nombre, que sos el hijo de, que estás de visita en el país y venís a saludarlo. Vas a ingresar a la casa, vas a sentir el olor a encierro, a humedad, a pis, a caca. El desayuno te va a revolver el estómago, vas a sentir ganas de vomitar hasta lo que no comiste. Vas a soltar un Hola que va a sonar como el eco de una iglesia vacía y fría. Nadie te va a responder. Todos van a estar mirando la tele, perdidos, apagados. El enfermero te va a indicar la puerta de la habitación, vas a golpear, a escuchar pase. Entrá. Tu papá va a estar sentado sobre la cama, de espaldas a vos, de espaldas al mundo, las persianas tan bajas como tu ánimo, la oscuridad que abraza todo. Le vas a decir qué haces, chabón, como si fuera un amigo, como si lo hubieras visto ayer, pero ya pasaron dos años. Él se va a dar vuelta, a sonreír, iluminado. Hijo, hijo querido, viniste. Se va a poner de pie, se va a arrastrar hacia vos como una babosa. Te va a abrazar, se van a abrazar. Sentirás los huesos, su flacura, lo pensarás acabado. Vas a preguntarle ¿Cómo estás? y te va a contar que está como puede, triste, que no se halla, que nadie le habla, que los pocos que le hablan le dicen cosas sin sentido, lo vas a escuchar decir: “Ya nadie me dice Doctor”.
Vas a sentir su derrota. Le vas a responder que ya no ejerce más, que es más lindo que lo llamen por su nombre, Constantino. No te va a responder. Te va a preguntar por tu mujer, le mentirás que está haciendo unos trámites, que no pudo venir. No vas a querer decirle que te negaste a llevarla, que no querés que ella te vea así, que tenés miedo de que piense que vos vas a terminar igual, en una habitación desconocida, de espaldas al mundo. Te va a preguntar cómo te está yendo allá, en el otro país. Le vas a contar que estás bien, que tenés mucho trabajo, que por eso quizás no lo llamás tanto, que llegás tarde y cansado. Los ojos se le van a llenar de lágrimas. Te va a suplicar, sacame de acá, por favor, sacame de acá. Te vas a quebrar por dentro como una taza de té vieja. Vas a sentir la culpa trepar por tu espalda para acompañarte día tras día como una mochila llena de adoquines.
Van a hablar un rato más, luego le vas a decir que tenés que irte, que tenés cosas por hacer. Otra mentira. Él ensaya un llanto, te dice, Estoy solo. Abrazalo.
Van a caminar por el comedor, algunos viejos estarán almorzando, un señor cantará canciones deprimentes acompañado de una guitarra desafinada. Vas a tener ganas de salir corriendo, de que el viento te pegue en el cuerpo y te despoje de toda esta carga. En la puerta te va a mirar enojado, te va a decir no quiero estar acá, yo estoy bien, soy médico y estoy bien, le vas a decir que se quede tranquilo. Le vas a dar un abrazo, no te va a responder, le vas a decir en estos días paso. Se va a dar vuelta y vas a mirar su espalda alejarse.
Nunca más la vas a volver a ver.
Sobre este blog
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