Del fileteado a las cookies: el kiosco de diarios muta o muere

Afuera no se consiguen. Hay versiones parecidas, pero no es igual. No hay forma de replicar su cantidad, ni su variedad, ni sus pinceladas en forma de filetes, retratos de Gardel o versos de Homero Manzi. En Buenos Aires, los puestos de diarios tienen algo.
Así como hasta la llegada de Jorge Macri no había dos bondis iguales, tampoco hay dos puestos de diarios idénticos. Poco importa que su fabricación esté en pocas manos, como las de Fredy en Isidro Casanova, o las de Manolo y Los Celtas en Lomas del Mirador.

“¿Dónde está la parada del 39?”. “¿Estoy lejos de la estación Perú?”. Quienes atienden estos puestos cumplen un rol no sólo comercial, sino además comunitario. Desde reservar un esperado ejemplar e indicar cómo llegar a un lugar, hasta recibir correspondencia, guardar llaves o regar plantas ajenas.
En el medio, escuchan cientos de preguntas y respuestas, que después reproducirán en forma de relatos. Son el cruce entre literatura urbana y tradición oral, mediado por la fugaz permanencia de la noticia impresa.
Pero hoy la letra en tinta cuesta cada vez más y, a juzgar por la magra venta, vale cada vez menos. Por eso, desde hace tiempo y sin que supiéramos bien cuándo, muchos puestos de diarios mutaron en polirrubros de los productos más variados, e incluso en cafés al paso.
Muchos celebran. Yo me pregunto: ¿hasta dónde un kiosco de diarios sigue siendo tal y en qué punto se vuelve otra cosa? ¿Conserva su patrimonio si cambia tanto su rol? ¿Es un sobreviviente o un impostor?

La edad dorada
Esperar la llegada de una revista o ir a buscar el diario del domingo era como recibir una carta, otro placer que perdimos. Era una forma de asomarse al mundo, de gozar del hallazgo, de jugar a la sorpresa.
Florida y Paraguay, Lavalle y San Martín, Perú y Avenida de Mayo. Allí los puestos de diarios supieron ser una mina de oro a la que costaba entrar como vendedor. Y para eso no hace falta remontarse a la época dorada del periodismo impreso, entre los cuarenta y los setenta. Hace tres décadas el mundo también era muy distinto: Clarín y La Nación tenían una circulación mensual de 19,7 millones de ejemplares, ocho veces la actual.
Hoy los bares abren cada vez más tarde y sólo un puñado sigue teniendo diarios. En los cafés de especialidad directamente no existen –con la honrosa excepción de Crux en Caballito y, con mucha suerte, un par más–, mientras leemos las noticias en el celular.
Del mismo modo, los puestos de diarios hoy bajan sus persianas en más días y horarios. Devinieron postales de la Buenos Aires en extinción, esa en la que la vida se ponía en pausa a las 3 o 4 de la mañana para despertarse apenas un par de horas después, con el reparto de ejemplares, su llegada a los kioscos y su lectura en el bar.
Lo propio y lo ajeno
Los nuevos cafés afincados en kioscos de diario ganaron fama tanto por estetizar chapas a la intemperie como por el milagro de ofrecer café de especialidad a las 7 de la mañana. Se instalaron el año pasado en puestos tan transitados como el de Facultad de Medicina, el de Facultad de Derecho y el de la estación ferroviaria Belgrano C.
Algunos de estos cafés venden revistas reales, pero la mayoría, sólo bebidas, cookies, collages y publicaciones intervenidas, como una suerte de diario apócrifo del local. Aquí el arte no pasa por los clásicos retratos y versos tangueros pintados a mano sobre la chapa verde, sino por pequeñas exposiciones artísticas, shows musicales ocasionales o reproducción de vinilos en la vereda.
Pronto a estos cafés les llegó el recelo tanto de canillitas (que argumentan que allí no se ofrecen diarios) como de gastronómicos (por supuesta competencia desleal). Más allá de las opiniones, no hay duda de que se trata de una transformación total del kiosco de diarios, un cambio de su rol comercial pero también del comunitario.
Más concesionarios quieren subirse a esta ola. Como Cristian Nicolás, que desde su kiosco de diarios de Independencia al 400 busca convencer de desembolsar US$43.000 para quedarse con su puesto. “Ideal para implementar la nueva tendencia del café”, reza su aviso online.
Algunos kioscos, en cambio, fueron absorbidos para un uso distinto: convertirse en librerías, aunque sea de forma fugaz. Por ejemplo, el de Callao al 600 a fines del año pasado, que durante un mes albergó una editorial de títulos ilustrados.

Esa intervención recuerda que desde siempre los puestos de diarios llegan a rincones donde las librerías no ingresan. Así democratizan la venta de libros en todos los barrios, con colecciones exclusivas de novelas, poesías y ensayos, que a veces desatan verdadera histeria.
La resistencia
Con todo, la mayoría de los kioscos de diarios se transforman de forma gradual en lugar de radicalmente. Sin perder su rol de dar noticias, resisten mudando su piel grisácea a una multicolor, mérito de los nuevos productos que ofrecen. Pañuelos, banderines y juguetes. Baldes de playa y tijeras de jardinería. Vinilos, cubiertos y accesorios para el pelo. Algunos artículos se ofrecen por sí solos. Otros son parte de revistas o suplementos.
En pos de diversificar, algunos hasta cargan SUBE. Y más de uno guarda una casa de cambio: precarias y a demanda, estas cuevas están lejos del rol de lavar plata que alguna vez imaginó César Aira en su novela El sueño. En esa ficción, un personaje asegura que los kioscos de diarios eran ideales para blanquear capitales y así sacar al país de una de sus crisis.
Cuando Aira publicó esa novela, en 1998, había 4.800 kioscos de diarios en la Ciudad de Buenos Aires. Hoy, según el Sindicato de Vendedores de Diarios de la Capital Federal y el Gran Buenos Aires (SIVENDIA), son entre 1.800 y 2.000. En sus mejores tiempos eran 8.000, recuerda Omar Plaini, secretario general del sindicato, a quien consulto para este texto.
Mientras tanto, en Internet se ofrece un kiosco de diarios de cuatro metros cuadrados a 15.000 dólares en Avenida de Mayo. “A cuadras del congreso todo tipo de turismo ideal polirubro”, escribe Roberto su aviso sin comas. Estas reinvenciones, parches sobre un hueco que se ensancha, no logran frenar el colapso de una estructura ya desgarrada.
Destino y propagaciones
Las nuevas tecnologías, la crisis, la pandemia y hasta la grieta contribuyeron a este escenario de pérdida, que va de la mano con la de las charlas con desconocidos, que hoy generan ansiedad. Si compramos en un kiosco de diarios, hay que hablar sí o sí con el canillita. Preguntar si llegó un ejemplar implica exponer los consumos culturales propios a un otro real, en lugar de presumir en redes sólo los conspicuos.
Hablando de redes, me pregunto si el consumo de diarios en papel podría resurgir entre los más jóvenes como una cuestión vintage, tal como pasó con los vinilos. Un bar de viejes, un café espumoso, un diario desplegado: la foto perfecta para Instagram.
Pero me intriga, sobre todo, cuál es el límite de la reconversión de sus kioscos. Este cambio de piel, ¿es adaptación o mero sustituto? El hecho de compartir lugar, chapa y pintura, ¿resguarda su función social? ¿Estamos reinventando, o sólo reemplazando lo que ya no entendemos? Quizás la verdadera pregunta no sea si podemos transformarnos, sino si estamos dispuestos a perder en el proceso lo que nos hacía más cercanos, sin que haya en el medio consumos sofisticados.
KN/DTC
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