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Autoconvocados y protagonistas

Nancy y Carlos, la dupla que lidera la protesta de jubilados que incomoda al Gobierno

Carlos “Chaca” Dawlowfki, de 75 años y Nancy Yulán, de 63.

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Cada miércoles afuera del Congreso, en la primera línea de la manifestación de jubilados, hay dos que destacan por su carisma: Nancy Yulán, de 63 años, y Carlos “Chaca” Dawlowfki, de 75. Puntualmente cuando el reloj marca las 17 la mujer deja el micrófono y el hombre baja de su habitual “poste de resistencia” (el semáforo de Callao y Rivadavia) y se encolumnan con banderas, cascos y antiparras hacia la calle Combate de los Pozos reclamando por el vaciamiento del PAMI, el aumento de sus haberes (la mínima es de $350.000) y el retorno del sistema de moratoria que les permite jubilarse a quienes no tienen los años de aporte reglamentarios y la cobertura del 100% de sus medicamentos. 

A sus costados y detrás de ellos hay otros 200 jubilados que –con mayor intensidad desde hace un año– rodean el Congreso, pero Yulán y Dawlowfki son poseedores de una personalidad envolvente. Colectivamente se complementan, apuntalan el reclamo de los jubilados y generan que trascienda, que sea hoy quizás el más potente de la Argentina frente al ajuste libertario.  

Si Nancy tiene formación política y habla de “polo de resistencia”, Carlos posee calle y dice “la yugué, pibe”, en alusión a una vida de trabajo sin descanso. Si la primera tiene carácter asambleario y piensa en términos tácticos/estratégicos, el segundo desprende magnetismo barrial y está lleno de sentido común. Porque mientras Nancy une hacia adentro y envalentona a los propios con sus discursos combativos, Carlos conmueve y enciende hacia afuera, convoca masas: con su casaca de Chacarita como símbolo de lucha fue capaz de unir a las hinchadas más enemistadas detrás de su reclamo.

Si bien Nancy tiene un rol protagónico en la Mesa Organizativa como autoconvocada y se distingue en sus discursos por el efecto que genera, este movimiento de jubilados –en transformación desde hace un año– no tiene hoy un líder indiscutido. Lo mismo ocurre con Carlos, que a diferencia de Nancy no participa de ninguna discusión interna; su rol tiene que ver más con la cohesión a través del compañerismo. Lo relevante de estas dos figuras es que emergen –a pesar o a partir de la fuerte represión– en un momento de ebullición provocada en parte por la insistencia de su reclamo: son protagonistas porque redoblan esfuerzos, realizan intervenciones en medios de comunicación y alimentan convocatorias masivas y transversales. Forman parte de un fenómeno cada vez más grande y con más adherentes, desquician a un Gobierno que despliega camiones hidrantes, gases, balas y tonfas: maniobras que develan la preocupación por no saber en qué va a derivar este gran movimiento.  

Vidas paralelas

Carlos nació en Parque Patricios, en 1949. A los cuatro años la familia –descendientes de polacos, abuelo zapatero, padre peón de frigorífico– se mudó a Laferrere. Empezó a “trajinar” a los seis, ordeñando vacas desde las 4.30 de la madrugada y pastoreando desde las 8. Cada tanto los cuatreros querían robarle ganado, de manera que tuvo que curtirse, hacerse respetar. La condición de guapo la adquirió ahí, en las soledades del campo, mientras que la de seductor de adoquines la obtuvo en el oficio de cartero. 

“No tengo formación política, pero el primer juguete me lo regaló Evita: un carrito lechero”, dice Carlos, sentado en un banco de Parque Chacabuco. Se desprende la campera de Chacarita, mira el sol. 

La abuela de Nancy también tenía un carrito lechero, pero de verdad: sumida en la pobreza, ordeñaba vacas y repartía leche en su pueblo de Santiago del Estero, hasta que recibió una máquina de coser de la Fundación Evita y la situación de toda la familia empezó a cambiar.

Nancy nació en General Pinedo, el Chaco profundo. De pequeña escuchaba las historias de su abuela, de la Fundación Evita y observaba a su madre con curiosidad: una mujer idealista, maestra rural, formada en la resistencia peronista de los 60, tenía ideas “raras” que desentonaban con un entorno tradicional (“pueblo chico, infierno grande”, dirá). Su padre, un panadero con fuertes tendencias a la bebida y la timba, se evaporaba el sueldo de docente de su esposa en las apuestas. Un día la mujer dijo “basta”, subió a sus cinco hijos a un viejo Renault y emprendió el viaje a la capital, “en busca de la felicidad”.

“Mi madre, peronista de la resistencia, tuvo la mala suerte de que cuando entré a la universidad conocí al trotskismo”, dicen Nancy, sentada en la redacción de un medio cooperativo. “Ahora mis hijas son peronistas, así que un poco se repite la historia”.  

En la preadolescencia, Nancy se refugió en la lectura de “La cabaña del tío Tom”, su primera influencia literaria, texto que la sacó de su soledad y le permitió identificarse con su condición de inmigrante interna, “cabecita negra”. Ese libro la conectaba con los árboles, las aves y la tierra. 

Volvió a tener contacto directo con la tierra seis años después, puntualmente en 1976, cuando su madre entró precipitadamente a la casa, luego de haber pasado milagrosamente un control militar, y pidió a sus hijos que enterraran la documentación y afiliaciones del sindicato docente (era delegada), entre otros elementos “subversivos”. Esa noche Nancy, que tiene familiares desaparecidos, hizo un pozo con sus manos en el patio de la casa y enterró un cuadro de Perón subido al caballo blanco, retrato que siete años después, en 1983, desenterró.

“Toda mi vida respiré militancia y lucha. De joven fui parte del viejo MAS. A los 19 entré a una fábrica textil, porque desde el partido bajaron la línea de que había que proletarizarse. Era tremendo por los niveles de explotación y alienación, yo estampaba con una plancha las camisas que pasaban por la cinta. Entraba a las 5.30 y salía a las 14 y me iba a estudiar instrumentadora quirúrgica”, cuenta Nancy, quien ejerció 13 años en clínicas y hospitales, siempre con inconvenientes por su actividad gremial hasta que dejó la sanidad. En 1993 empezó el profesorado de Lengua, Literatura y Latín, profesión por la que hace dos años se jubiló. 

Por su lado, Carlos, en la preadolescencia, ingresó al Correo y empezó a desarrollar la personalidad que hoy tiene. Pateaba calles (“106 por día, me salvó del infarto”), repartía cartas y las puertas se le abrían como flores en primavera. Desarrolló empatía y contacto con la gente. Las panaderías lo llenaban de facturas y sanguchitos (en la actualidad una confitería le da, cada miércoles, panificados que reparte entre jubilados), los días de partido hacía telegramas y entraba a la cancha (hoy tiene la entrada libre y un palco a su nombre: el presidente y todo el club de Chacarita lo homenajearon por su lucha; “fue una emoción muy grande, toqué el césped, lloré”). Su carisma de “atorrante barrial” conquistó corazones, entre ellos el de su esposa, con quien tuvo cuatro hijos. 

“Yo estoy bien, pibe, tengo una buena familia, esto lo hago por los viejitos, se están muriendo de hambre, es la verdad. Qué podés esperar de Caputo y Sturzenegger; están terminados. Lo hago por los compañeros y por nuestros nietos, eso es lo que me motiva a seguir”, dice Carlos y la gente, en Parque Chacabuco, voltea para mirarlo, lo saluda, le pide fotos. 

Con ese mismo carisma, en estas semanas cautivó a conductores de diversos programas de televisión, afines al gobierno. A ellos les habla de democracia, de respeto. “Trabajé treinta años y gano $400.000, me quitaron los remedios”, señala. Les dice: “Estoy deprimido, me siento mal por todos mis compañeros, tienen hambre”. Comenta que no puede ir al parque con su nieto porque tiene que estar ahí, porque “primero está la patria”, y otras frases que en el receptor provocan malestar, culpa o empatía. Hasta que uno de los conductores le dice: “Usted me hace acordar a Norma Plá”.

Norma Plá, la histórica militante de los jubilados, que reclamaba el aumento de las pensiones. Cada miércoles desde 1991 su movimiento empezó a cortar la Avenida Rivadavia, frente al Congreso, y se convirtió en el primero de la historia argentina en cortar calles de manera sistemática como forma de protesta, anticipando el movimiento piquetero. Con los años, su estado de salud se agravó y falleció en 1996. Pasó a la inmortalidad como símbolo de lucha, retratada tanto en manifestaciones como en la cultura popular.

El estado de salud de Nancy Yulán se deterioró profundamente desde la última represión. Mientras los jubilados rodeaban el Congreso, la Policía la arrinconó contra el cordón, haciéndola caer de espalda, y le descargó un sifón de gas a centímetros de la cara, que aspiró casi en su totalidad. Tuvo que ser trasladada de urgencia. Una de las médicas del hospital le advirtió que, si lo mismo le volviera a ocurrir, tendría que ponerle un marcapasos.

Por su parte, Carlos, si bien tiene un stent coronario y las piernas y las manos machucadas por balas de goma y tonfas, goza de un mejor estado de salud. Sobre todo ahora, que las fuerzas de seguridad ya no lo tocan. Últimamente camina como si tuviera una campana protectora, porque cuando aparece en una manifestación, los policías se miran entre ellos y se corren: los agentes no ven a un hombre caminar, ven un mechero que puede encenderse con cualquier chispazo, como ocurrió el 26 de febrero, precisamente el día de la última gran paliza que recibió Carlos.

Ese día los hinchas de Chacarita se indignaron al ver las imágenes de Carlos gaseado y apaleado, de manera que asistieron el miércoles siguiente, el 5 de marzo. “Nos trajiste a los hinchas, Carlos”, lo interpeló el jefe del operativo. Carlos venía de declarar en Comodoro Py y no entendía qué estaba pasando. El comisario le insistió con prepotencia. “¿Sabes qué?”, le respondió finalmente Carlos, “Ahora me diste una idea, voy a convocar a todas las hinchadas”. Y la imagen de Carlos pululó en cada club de fútbol de todas las categorías, provocando un efecto dominó que derivó en una histórica marcha fraternal de diversas hinchadas que se unieron pacíficamente detrás de los jubilados el 12 de marzo. 

La manifestación terminó en una brutal represión: 150 detenidos y 989 heridos, incluyendo traumatismos de cráneo, traumatismos de tórax, síncopes, lipotimias, heridas abiertas en el rostro, hemorragias, esguinces, luxaciones y dificultad respiratoria aguda.

“A un compañero, Jonatán, le volaron un ojo. Nos reprimen sin piedad. Desde que empezamos a manifestarnos con este Gobierno, ya quedaron en el camino tres compañeros. Hay muchos que se están muriendo por la falta de remedios e incluso uno que tomó la trágica decisión de tirarse debajo del tren Roca porque dejaron de darle la medicación psiquiátrica”, dice Nancy.

Si Nancy tuvo una vida marcada por la lucha, Carlos comenzó a manifestarse en 2016, con la represión a jubilados en Puente Pueyrredón. Desde ese año, no paró. Por su parte, Nancy, tuvo un año sabático en lo que respecta a la lucha: 2023, período que atravesó inmersa en una crisis existencial. Le había llegado la tan esperada jubilación. “Ahora vas a poder viajar y hacer excursiones, Nancy”, le decían. Pero, ¿cómo una mujer que lleva en el ADN la militancia por lo que considera injusto puede reposar? Así que Nancy empezó con las excursiones, pero al Congreso de la Nación, sumándose a la lucha de los jubilados en enero del 2024. “Sería una pena irme de este mundo, en este momento, con tanto para luchar”, dice Nancy. 

“Qué mujer Nancy, es una mujer extraordinaria”, dice Carlos. “Se tiene que cuidar, pobrecita, ha sido muy gaseada”. “¿El Chaca? Es un personaje tan pintoresco y bueno, tiene eso de los valores y el compañerismo que contagia, es un gran tipo”, dice Nancy.

Son las 16.30 del miércoles 2 de abril y Nancy y Carlos –que se conocen de marchar en la primera línea de la columna a la que ellos llaman “los 12 apóstoles”– se abrazan delante del Congreso, rodeado de gendarmes, policías y camiones hidrantes. Ella lleva casco, antiparras y un cartel. Él tiene la remera de Chacarita, una bandera argentina y una bolsa de bizcochitos. En el día del Veterano y de los Caídos en Malvinas, está por comenzar una nueva marcha de jubilados. Esta vez, también será reprimida: habrá gases lacrimógenos, palos y un periodista herido.  

LN/DTC

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