Feria del Libro 2025
El discurso completo de Juan Sasturain en la Inauguración de la 49° Feria del Libro de Buenos Aires

“Buenas tardes a todas y a todos. Autoridades, organizadores, miembros de la delegación de Riad, capital del reino de Arabia Saudita y ciudad invitada a esta edición de la Feria, participantes (de un lado, del otro o arriba del mostrador) y asistentes / paseantes en general. Y entre todos ellos, muchos colegas, amigos y compañeros. Y parientes, por qué no.
Esto tendrá una dedicatoria y cabe explicarlo: la idea de uno es no defraudar expectativas, que son saludablemente genuinas, dadas las circunstancias. Pero uno (discípulo confeso de Groucho Marx) no tiene ni la voz ni la vocación vocera ni le da el cuero para ocupar este lugar central / ocasional / bajo los reflectores sin salvedades. La sensación de impostura en esta arena de lo que no deja de ser un circo. Por eso,
correspondería que, como en el chiste memorable, ahora aparezca el presentador y con megáfono le explique al público presente: Señores y señoras, por ausencia del hombre bala, les ofreceremos una perdigonada de enanos... Y en el dibujo de Fontanarrosa aparecían los cinco enanitos asomados a la boca del cañón...
Uno no puede calcular cuántas incorrecciones caben y pueden ser apuntadas en este chiste memorable. Que, por otra parte, uno nunca dejará de contar. Y de contarse, feliz, entre los enanos. Por eso esta conferencia inaugural está dedicada al autor de Inodoro Pereyra. Y, coherentemente, de salida, uno pone la exposición bajo la tutela reflexiva del insuperable Etchenique –no mi veterano detective, Julio Argentino- sino el polígrafo Ernesto Esteban Etchenique, otro personaje creado por el tremendo rosarino. Dice el polígrafo, en uno de sus inspirados Aforismos: “Te puedes hacer una armadura con papel. Pero no te pelees”.
Cabe tenerlo en cuenta en el momento de arrancar, estimados congéneres. Y no es original este apelativo amplio, especie de máximo común divisor que nos abarca: estimados congéneres, así se anunciaba y pedía atención golpeando una copita con cucharita Norah Lange en tantos banquetes celebratorios, cuando arrancaba de pie, al borde de la mesa y los manteles blancos de mesas literariamente paquetas, manchadas de vino fino y frases ingeniosas. La Lange, poeta y narradora de las muy buenas, persona y personaje enmascarado en tándem con su hermanita Haydée del Adan Buenosayres de Marechal, la que era pero fue mucho más que la mujer de Girondo, inventó –puso en valor digamos- una forma literaria menor por usual y asociada a la convención y el goce: el discurso de ocasión, el brindis, la salutación por irse o llegar.
Se han reunido esas piezas ocasionales de ingenio –hay una edición lindísima en Losada- que, como los sonetos cruzados de rencores y festejos de Góngora y Quevedo, las esquelas de disculpa de Macedonio o el poema de Apollinaire para la boda de su amigo André Salmón han sido pretextos ocasionales para la literatura...
Porque de eso se trata: de literatura, de autores y lecturas. Lo que a uno le gusta compartir.
Estimados congéneres, entonces. El que enuncia o toma la palabra recorta auditorio y se recorta asimilado / disuelto o diferenciado, dentro o contra el contexto auditor. Brindis, celebración o responso –qué bien eligieron la elegía, por ejemplo, Lorca, Machado y Hernández, brillantes y negros como escarabajos, primos hermanos de la muerte-, banquete de bodas, despedida de soltero, bienvenida o adiós en el puerto. Palabras, versos de ocasión, diría el chileno Parra, antipoeta y cultor de la disciplina de coyuntura rigurosa. A uno le gusta eso.
Así que cabe arrancar con estas palabras de ocasión. Qué momento.
Primero y antes de entrar en el tema de esta conferencia inaugural en sí, algunas salvedades –cuatro en este caso- que en general no salvan pero explican. Se ruega no confundirlas con paraguas sino con estrictas precisiones. Por eso de las salvedades, uno teme que el resultado final no será breve. Mejor. Porque si no, por el absurdo, uno tendría la obligación tácita de ser bueno, según el consabido Gracián. Ya que no se puede garantizar la calidad, uno acepta y abraza, macedonianamente, la digresión. Asume el laberinto, corre hacia adelante sin tener clara la luz del final. Pareciera que se viene un tren de frente.
Salvedad uno: preliminares, pormenores de esta presencia personal
En principio, en nombre del buen gusto y la decencia intelectual -si existen y se reconocen aún- corresponde agradecerle a la Fundación El Libro, organizadora de esta hermosa feria que uno tanto quiere y frecuenta desde hace casi medio siglo, por haberlo designado hace ocho meses –casi un parto prematuro-, para dar a luz y sombra este alevoso discurso inaugural. Fue el consecuente Alejandro Vaccaro –entonces presidente de la entidad, y hoy miembro de la comisión directiva- el que se sentó frente a uno cierto lejano mediodía de primavera en una de las mesas que dan a la Avenida de Mayo de la Confitería London - tan cara a Cortázar y a sus entrañables personajes de Los premios- y fue él quien se autocalificó como vocero de una decisión que, como solía –dijo-, había sido de conjunto, colectiva. No necesariamente unánime. Y uno agradeció como ahora y dijo que sí, que era un orgullo y sería un honor. Y cuando, semanas después, en el auditorio Jorge Luis Borges de una Biblioteca Nacional bella, ancha y ahora un poco ajena, vestida una vez más para la ocasión, el eficaz y querido -acá también saludablemente presente- Ezequiel Martínez, hizo pública esta designación con los consabidos fundamentos que uno suele sospechar contaminados de sinceras demostraciones de afecto, entonces –digo- uno no estuvo ahí, pero se enteró por los diarios que –confiesa, asqueado- ya no suele leer. Ni la tele ni las redes cuentan como medios, por un supuesto de salud. Y uno después no quiso ni supo hablar con nadie pública ni privadamente del asunto. Hasta hoy.
Así, acá está uno, ocasionalmente arriba como habitualmente abajo cuando acá estuvieron –sin irnos muy lejos, nada más que unos últimos años- los amigos Piñeiro, Saccomanno, Kohan o Heker. Y uno se siente orgulloso y un poquito intimidado de calzar en el sitio y la circunstancia –lo mismo pero parecido, como diría el gran Leónidas Lamborghini- en que uno fueron esos otros. Y uno adhirió entonces y adhiere ahora al decir diverso pero coincidente al fin de esos otros, firma al pie de lo dicho que aplaudió en su momento.
Pero toda esta vuelta para aclarar –como se ve- que uno no siente ni se atreve ni pretende representar ni mucho menos aspiró a ser la voz de algún colectivo que raramente lo elegiría para que lo fuera. Son las circunstancias, la ocasión, que le dicen. Algo que a uno le cae bien y justo, pues uno es más ocasional que esencial, más llevado que situado. Un amigo, el benemérito Héctor Chimirri, decía que siempre uno tenía que tener un traje. ¿Para qué, Gordo? Para asumir. Pilcha para asumir. ¿Asumir qué? No importaba.
Uno tiene un saco, éste, que está en todas las fotos de los últimos diez o quince años de entreveros culturales, si a uno se le concede el derecho al barbarismo. En las Crónicas del Ángel Gris se sostiene que el hombre prudente se tira sabiamente a menos.
Salvedad dos: el sujeto hablante, parlante presente
Por definición lingüística –con Jakobson, De Saussure a mano- el que habla es la primera persona, el ubicuo yo. Sin embargo, también el que habla es uno. Son pronombres: personal o indeterminado, según la vieja clasificación. Al que habla hoy acá le gusta ese sujeto genérico y personal a la vez. Porque hay una diferencia entre decir yo o decir uno, que no es sólo de matiz. Uno es una tercera, pero personal. Es un uso nuestro no exclusivo para nada pero sí muy argentino. La clave la reveló sin querer un amigo cubano muy gracioso hace casi cuarenta años. Anécdota cubana: “Juanito, canta el tango número uno” pidió Alberto Molina – escritor cubano, actor de telenovelas, morocho de bigotitos- en un ruidoso viaje en micro, parte de un encuentro de escritores de policial a fines de los ochenta. Y ahí, cuando uno entendió a qué se refería este amigo, arrancó con la melodía de Mores: “Uno busca lleno de esperanzas, el camino que los sueños prometieron a sus ansias...”.
Y la letra de Discépolo. Ese uno es el sujeto de la enunciación discepoliana. Habla de sí pero va más allá, la pérdida de la fe y la esperanza, es decir, la posibilidad de entregar el corazón (a un amor, a una causa justa), es resultado de la experiencia de uno, por lo que retoma -sin violencia de sentido- el yo personal en el estribillo: “Si yo tuviera el corazón, el corazón que di...” Es decir: “Si uno tuviera el corazón, el corazón que dio...”.
Es una reflexión existencial que pretende hacerse válida, encarnable, reconocible para el que oye, ese otro uno que está escuchando. Eso es Discépolo. Lo personal y lo colectivo son indisolubles. Por eso uno siente, con el corazón que aún tiene, que –como ha explicitado con humor y corrosión el inoxidable Rudy hace un tiempo- estos son tiempos discepolianos. Un cambalache. Un cambalache. Tal cual.
Pero el caso más rico y revelador del uso de ese uno es lo que hace Calé –Alejandro del Prado autor de los dibujos y los textos de esa obra maestra del humorismo argentino que es Buenos Aires en camiseta (que a uno le quedó pendiente de edición en la serie Papel de Kiosco en la editorial de la Biblioteca Nacional)- en la que el empleo del sujeto uno no es ocasional sino sistemático. Uno ha escrito sobre eso. Existencialismo costumbrista de barrio, de vereda, de café y de club, con tango y fóbal. La película, el corto de Martín Schorr de los sesenta es ejemplar. Una secuencia, por ejemplo: uno se va a sacar una foto y se imagina así (dibujo); la foto es así (dibujo) pero uno se ve así (dibujo). Ese uno se corre del ejemplo personal y busca la solidaridad identitaria con el otro, el común sentimiento del lector / espectador. La bellísima Serenata para la tierra de uno, de María Elena Walsh, en otro registro, expresa exactamente eso. En cambio, el de Uno y el universo, el primer libro del preocupado maestro Ernesto Sábato, del 45, es un sujeto único dando respuestas y juicios sobre lo otro, el resto: la historia, la filosofía, la ciencia; mientras el de Seiscientos millones y uno, de Bernardo Kordon, sobre el viaje a China del 58 es, al contrario, un uno tratando de entender empáticamente desde su pequeñez la realidad compleja de una totalidad abrumadora. Quedamos entonces en que el que habla es uno.
Salvedad tres: el sujeto recipiente o todos los que están
El plural de ese uno es alternativo: puede ser el yo de un nosotros o el de todos o algunos o muchos o todas esas cosas a la vez, porque tiene que ver con la otra pata de la comunicación: el receptor. A quién se dirige uno. Este uno se dirige a todos. Los estimados congéneres de la Lange, hoy público en general y espectadores ocasionales, incluyen –borroneados, entreverados- a los genéricos argentinos / compañeros / correligionarios / camaradas / compatriotas / ciudadanos / ocasionales porteños / hombres y mujeres de la patria / trabajadores / hermanos / amigos y todas las variables de la cofradía según uso y costumbre histórica de cada uno.
Uno, en cambio, no se dirige a estos todos presentes en tanto clientes / socios / cómplices / copropietarios / usuarios / modernos cabanos / inversores / seguidores de pantalla / apostadores / trolls y todas las variables de la enfermedad utilitaria.
Náufragos y sobrevivientes sí, competidores seriales y expertos en liderazgo, no. Para eso uno debutó con un Manual de perdedores.
Salvedad cuatro: sobre el tono de exposición
Es evidente, acá se plantea, una vez más, la confusión entre seriedad y solemnidad. Antes, uno solía provocar con la definición de solemnidad como el pecado de los imbéciles. Hoy se detectan por lo menos dos incorrecciones o palabras no recomendables en esa definición que uno reivindica pese a todo: ni usar pecado ni mentar imbéciles, claro está. Pareciera que nadie peca porque no hay Ley (con mayúscula, plis), y nadie puede usar una categoría clínico psiquiátrica para calificar a otro. Así estamos, emparedados entre dos plagas sin vacuna: la ultracorrección y la cancelación. Bien dicen que dijo y / escribió Albert Camus en cita acaso retocada por la diestra / siniestra internet: “La intolerancia, la estupidez y el fanatismo pueden combatirse por separado, pero cuando se juntan no hay esperanza”.
Así que sólo es cuestión de prepararse para combatir igual. Porque la esperanza es lo único que no se negocia. Aunque sea –como le gustaría a Camus- por el absurdo, para hacerle honor a las enseñanzas prácticas de la desratizada Orán. Seguro que se puede desratizar. Así, uno se ve tentado a volver sobre viejos tópicos, tristes tópicos que se reiteran en el tiempo y la historia compartida: cuidado con los que no tienen sentido del humor, (negro, tonto, absurdo o de equívoco salón, como éste) suelen carecer también del sentido de la Historia y de la perspectiva del juicio, usos y costumbres, plasticidad, esa cintura cultural requerida por y para la convivencia.
La mayoría de nuestros grandes escritores tuvieron y tienen un poderoso sentido del humor, de la ironía y del ridículo. Borges, Borges-Bioy, Macedonio, Cortázar, Girondo, Arlt, Marechal, Filloy, los dos Walsh, Copi, Blaisten, Nalé... O Belgrano Rawson o Sampayo, entre decenas de mi generación, sin contar a multitud entre los más jóvenes. Para no mencionar a aquellos casos extremos en que, notables narradores como el consabido Fontanarrosa o Alejandro Dolina que, sin ir más lejos, han cometido –la definición es de Soriano, referida al talento no reconocido de Laurel & Hardy- “el error de hacer reír”. Es decir: utilizar recursos narrativos para generar el efecto humorístico y -sobre todo- no transitar de inicio por los soportes consagrados de publicación. Ignorar su excelencia es, por lo menos, solemne tontería.
En síntesis: uno cree que puede hablar sin solemnidad de cosas serias. Serias en serio, como lo que pasa. Por eso, por todo eso, uno reivindica el rigor formal y le gustaría disponer de la maestría de Wimpi o de la dupla César Bruto-Oski a la hora de exponer frente a todos ustedes estas serias divagaciones que no presumen de trascendencia pero que son conscientes de que hay una memoria no distante, recia y polémica, a la que cabe acompasarse.
Y no sólo por los recientes dichos de los admirables compañeros de los últimos años que uno nombra y reconoce. Algo más atrás, pero audibles y elocuentes, todavía oír se dejan sordos ruidos de escarceos y esgrimas ideológicas, brillos de espadas dialécticas, gestos de justa, libre y soberana argumentación nacional ante el discurso imperioso, presuntamente docente, de la mirada ajena. Porque no hace tanto tiempo –había una presidente lectora entonces- que el brillante escribidor que acaba de partir llevándose la justa gloria literaria, el Nóbel y el apoyo explícito a flagrantes depredadores como gesto final, se cruzó con nuestro propio sensible argumentador serial: entre el penúltimo Vargas Llosa y el brillante objetor Horacio González (de pie, plis) acá, en diferido, se confrontó de lujo.
Después de eso, fue y es imposible callar. Como dijo y escribió otro elocuente y poco aparatoso: el parco y contundente Héctor Tizón. Eso: hay que hablar, es lo que cabe. Si no a uno le pueden cantar la Balada del hombre que se calló la boca, versión del Tata Cedrón. En fin: todas antigüedades.
El título general de la conferencia que no termina de empezar es triple: Elogio del libro abierto y usado, seguido de una reflexión sobre la idea narrativa de aventurar, con una modesta proposición como colofón y remate no vinculante. Un elogio, una reflexión y una modesta proposición. Tres partes cómoda o forzadamente ensambladas. Resultó un laburo. Porque uno habla y describe sus emociones / sensaciones desde tres lugares distintos, elogia, como lector y se enorgullece de este momento brillante para la lectura de nueva y sorprendente literatura argentina; después reflexiona, como escritor sobre el gesto de aventurar ficciones a través de un ejemplo excepcional que acaba de mostrar la vitalidad y vigencia absoluta de los clásicos. Y finalmente, como argentino a secas, experimenta el bochorno de una situación colectiva difícil de soportar y propone algo desde ese lugar. Tres sensaciones, tres movimientos distintos. Precisamente por eso, por el trabajo que a uno le insumió la concepción y desarrollo de una estructura orgánica y coherente cuyas partes alevosamente heterogéneas (el elogio, la reflexión y la proposición) se negaban a encajar sin ripio o crujidos de sentido y oportunidad, que a uno le cabe reconocer que para esta composición discursiva se ha utilizado a mansalva el repertorio provisto por IA. No por la IA Inteligencia artificial (al menos uno cree que no), sino por el IA, el Ingenio Argentino, un repertorio infinito oral y escrito del que uno echa mano a ojo y a memoria desde que tiene manos para manotear, y ojos y memoria para registrar, precisamente. Las referencias a autores del repertorio del ingenio argentino le permiten a uno –a través de la cita, la referencia cómplice, el desvío de tensión y la apoyatura de prestigiosas autoridades- encontrar el modo, la destreza equívoca de reescribir lo ya escrito, coser lo descosido, pegar lo despegado, tirar la mano y esconder la piedra o como sea que se diga o quiera decir. Con esos retazos de originalidad y conscientes autosaqueos están hechas las partes del todo que sigue.
Elogio del libro abierto y usado
En principio y antes que nada de coyuntura, un motivo o pretexto ejemplar. No casualmente tal vez, ayer, 23 de abril, se celebró en muchos países el Día Internacional del Libro y del Derecho de Autor. Y se celebra o se instituyó hace tres décadas ese día porque –más allá de discusiones, cuestiones de horas, de tipo de calendario y otras minucias de precisión inverificables ya- ese día puntual, digo, el 23 de abril de 1616, en Madrid y Córdoba, España, y en Stratford-upon-Avon en Inglaterra, morían, a la vez y a tres voces, el castellano Miguel de Cervantes Saavedra con 68, Gómez Suárez de Figueroa, el llamado inca Garcilaso de la Vega, peruano del Cuzco a los 77, y nada menos que William Shakespeare, ahí mismo donde había nacido, hacía nada más que 52 años. Y si la coincidencia final entre los padres del Quijote y Hamlet era conocida hace mucho, sumarle al brillante autor de los Comentarios Reales, hacerlo calzar al Inca, hizo justicia al sumar la pata latinoamericana para la celebración.
Día Internacional del Libro y del Derecho de autor, entonces. Nada más justo de celebrar para todos y para uno, que ha escrito sobre el tema sobre todo cuando le tocó conducir (es un decir) durante un tiempo, la más vieja institución cultural argentina, la Biblioteca Nacional que tiene, prácticamente, nada menos que los años de la Patria. Un lujo, un privilegio, un vértigo incluso. Lo bueno –a diferencia de lo que a uno le pasa en casa- es que nadie preguntaba si los había leído todos.
Escribir, editar, comprar y almacenar libros son actos generalmente saludables para y en el concepto de la equívoca cultura que supimos conseguir. Conversar / opinar sobre ellos, sobre su heroica historia e incierto porvenir, una casi compulsión que suele convocarnos. Incluso preocuparnos, como ahora y casi siempre. Sin embargo, hay un solo acto central e ineludible con respecto al libro que otorga sentido a todos los demás, que es el fundamento en su origen y el único sostén genuino de su porvenir, de su mera existencia: la lectura, el gesto íntimo, personal, fundante de leer.
Y la lectura no existe. Existen personas que leen. Y al hacerlo se hacen (más) personas, se llenan de más personas, se encuentran con más personas en diálogo personal, si cabe la redundancia. Leer es compartir, conocer, abrirse callado pero atento a lo que ese otro como uno tiene para decir. Un libro es una pregunta, una confidencia, una historia que no existe hasta que no haya alguien que lo lea. Uno puede estar de un lado o del otro del texto. Eso es ocasional. Uno se constituye como escritor sólo cuando escribe, pero es lector siempre. En términos saludables, todos somos y debemos ser –civilizadamente hablando- más lectores que escritores. Mejor, siempre y sobre todo en estos sordos tiempos intemperantes, saber darse tiempo para leer. No se crea que es muy frecuente, sobre todo entre quienes conciben la cultura mirando sólo pantallas, luces y escenarios sin contradicción aparente. Tiempo de abrirse, entonces, de saber escuchar en la atenta y verdadera soledad productiva y fecunda del mano a mano ante el libro: eso, el libro abierto, usado y manoseado, sin distancia social ni otro protocolo que las ganas de entregar la atención a lo que otro tiene y sabe, y que por suerte uno no tiene ni sabe todavía.
Caben algunas precisiones más. Los escritores no escriben libros. Escriben ficciones, poesía, piezas dramáticas y guiones, ensayos. Las editoriales publican libros. Y los venden. Los libros tienen un autor y un editor. En el contrato comercial que los vincula están claros los roles respectivos. En el hermoso poema “Gotán”, que creo que está en Cólera buey, de Juan Gelman, el poeta se refiere a su poemario del 62 que fue muy leído y por el que todo el mundo lo admiró y reconoció. Incómodamente, el último verso dice: “Yo nunca escribí libros”. Qué bárbaro. El concepto y la figura del best-seller es lo más revelador con respecto a la naturaleza de ese vínculo entre autor, obra y editor. La expresión, hoy universal, proviene de la tremenda cultura de masas norteamericana, tan afecta a los rankings y listas, los resultados numéricos. Uno recuerda que la primera vez que apareció algo similar en los medios argentinos fue en la novedosa y excelente Primera Plana, el semanario de Jacobo Timmerman (que luego sería creador de Confirmado y de La Opinión, una fiera creativa empresarial que tuvo su episodio siniestro durante la Dictadura) que revolucionó la prensa gráfica argentina en el primer tercio de los sesenta.
¿Qué es un best seller? El libro más vendido, se traducirá. No. Según mi pésimo inglés, eso sería best sold. Cuestión de participios, del paradigma del verbo to sell. Seller significa vendedor. Un best seller, entonces, para la editorial, es el que le resulta mejor vendedor, el que da mayores beneficios, el empleado del mes, digamos. Cuestión de perspectivas, entonces. Nuestro recurrente Fontanarrosa aspiraba jocosamente a tener/escribir un best seller y se aseguró. Por eso se llama así su primera novela, nombre y apellido de su agente secreto precisamente: Best Seller. Además, siempre vendió todo y, además, tuvo infinitos lectores. Porque los libros tienen –por suerte y uno espera que sean muchos- compradores; los escritores, lectores. De ahí que uno dice y hace el elogio del libro pero no del libroen general sino del abierto y usado.
Recapitulando: si bien este glorioso acontecimiento anual es, desde siempre y desde el rótulo, una Feria del libro, básicamente un hecho comercial, también desde el inicio mismo pretendió, con el slogan del autor al lector, destacar el único hecho fundante que justifica su existencia: juntarlos a ambos y así incentivar, posibilitar la lectura. Cabe entregarse entonces a la experiencia de leer. Libros. De atreverse a una aventura, hoy casi inusual –como todas las aventuras genuinas– pues de eso se trata. Y el poema que sigue, escrito hace unos años, glosa esa idea.
Cita a ciegas
In memoriam J. L. Borges
Lector de lectores
Despierta tarde. No espía en la ventana
los colores del cielo. Es la chica
de la sabia tevé la que le explica
si habrá nubes o sol, esta mañana.
Enciende el celular. La cotidiana
costumbre del pulgar lo comunica
con los usuarios de una agenda rica
en vulgaridades de primera plana.
Prende la notebook. Y aunque gaste el día
cautivo de esa luz opaca, cree
que tiene cierto tiempo todavía
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