¿Una deuda que no endeuda? Por qué es falso lo que dice Luis Caputo sobre el nuevo acuerdo con el FMI

El Gobierno Nacional solicitó un préstamo al Fondo Monetario Internacional por US$20.000 millones. Para justificarlo, dijo que parte del préstamo se usará para cancelar “Letras” con el Banco Central, por lo que no aumentaría el total de deuda nacional. Y también se dijo que esa cancelación contribuirá al saneamiento del Banco Central.
Estas dos defensas se contradicen entre sí. La mejora del balance del Banco Central sería por reemplazar “Letras” por dólares; porque, en realidad, esas Letras no son un activo que el Banco Central pueda convertir en plata de verdad. Y, si no es un activo real para el Banco Central, tampoco es una deuda real para el Tesoro Nacional. Por lo tanto, cancelarlas no disminuye la deuda real, la que el Estado Nacional debe pagar.

¿Qué son entonces esas Letras? Son instrumentos que el Estado Nacional le dio al Banco Central, al sacarle dólares de las reservas, que usó para pagar deudas. ¿Por qué pudo hacerlo? Porque el Banco Central es propiedad del Estado Nacional. Esta es la cuestión central: para el Tesoro Nacional las Letras son pasivos, y para el Banco Central son activos; pero para el Estado Nacional (que incluye tanto al Tesoro como al Banco Central) son simultáneamente un pasivo y un activo; al consolidar, no son más que asientos contables. En cambio, las deudas con el FMI y otros organismos internacionales son deudas de verdad: representan obligaciones a pagar en el futuro. Decir que cambiamos una deuda por otra, y la deuda total no varía, es para engañar a quienes no entienden del tema.
Hagamos un ejercicio simple: ¿qué pasaría si una ley le dice al Banco Central que condone la deuda en Letras? Por un lado, se celebraría que la deuda del Tesoro Nacional baje en alrededor de US$69.300 millones, equivalentes a más del 10% del PBI; por otro lado, se denunciaría que el balance del Banco Central se debilita, disminuyendo su Patrimonio Neto a poco más de US$4.000 millones. Y ambas posiciones serían engañosas, porque partirían de que esas Letras representan una deuda de verdad para el Tesoro Nacional y, por consiguiente, un activo de verdad para el Banco Central. En realidad, la posición de deuda del Tesoro no se fortalecería, y la situación financiera del Banco Central no se vería perjudicada. Pensemos, por ejemplo, que el 7 de mayo de 2024 el Banco Central modificó el criterio de valuación de las Letras, con lo cual su Patrimonio Neto bajó en US$51.000 millones de un día para otro. ¿Alguien se enteró? Muy pocos, no fue una noticia relevante. Fue una simple corrección contable.
Lo que nos debe importar es qué se hace con el préstamo del FMI. El déficit fiscal del Tesoro Nacional bajó, pero sigue existiendo: para el primer bimestre, el Tesoro Nacional anunció un superávit de poco menos de un billón de pesos, al no contabilizar intereses de títulos públicos en cartera del sector privado (LECAP, LEFI, BONCAP), que se suman a la deuda. De no ser por ese dibujo contable, el déficit del bimestre sería de no menos de 4-5 billones de pesos; en términos reales, superior al déficit del primer bimestre del año 2021. Pero, por ahora, el déficit encuentra financiamiento en pesos: por ese y otros motivos, la deuda en moneda nacional del Tesoro aumentó en alrededor de 14 billones de pesos durante el primer bimestre de este año, y podría seguir aumentando. Eso permitiría que el préstamo del FMI no se use para financiar el déficit fiscal en pesos.
Este préstamo se pide para conseguir dólares. La cuestión es: ¿para qué se van a usar? La porción que se use para pagar el capital de deudas reales (con el FMI, con otros organismos internacionales, con tenedores de títulos públicos), no aumentaría la deuda nacional, más allá de que los intereses del préstamo serán más altos que los que devengan los títulos públicos reestructurados. Si se utilizan para pagar los intereses, si aumentaría la deuda, pero el problema no sería el préstamo del FMI, sino el hecho de no haber podido acumular divisas con superávit externo genuino para pagar esos intereses, que son un gasto corriente.
Pero, aparentemente, el Gobierno quiere los dólares para mantener el tipo de cambio sin sobresaltos, al menos hasta las próximas elecciones. Y, para eso, tendría que vender al tipo de cambio actual –claramente inferior al necesario para equilibrar las cuentas externas– las divisas que habrá que pagar luego, seguramente a un tipo de cambio más realista. La intención sería “quemar” los dólares, si fuera necesario, para mantener la paridad cambiaria. Seguramente sería necesario, aunque no está claro que sea suficiente: solo durante el mes de marzo las reservas internacionales brutas bajaron en US$3.000 millones. Hace un año había superávit externo, pero ahora hay déficit: en el primer bimestre el superávit en el comercio exterior de bienes se redujo a solo US$389 millones, claramente inferior al déficit que tiene el intercambio de servicios; lo que se agrava al sumar pagos de intereses y utilidades de empresas extranjeras. Y todo indica que el déficit empeoró en marzo.
¿Por qué se revirtió el saldo externo? Porque los precios de gran parte de los bienes nacionales que compiten con los extranjeros están caros, medidos en dólares oficiales. Entonces, las importaciones aumentan más de 30% anual, y muchos argentinos se van al exterior a gastar dólares, haciendo turismo o compras. Siempre que ocurrió eso (con Martínez de Hoz, con la convertibilidad, con Macri), fue porque el tipo de cambio estaba atrasado. Y siempre terminó en un brusco aumento del dólar.
Decir que esta vez es distinto, porque no hay déficit fiscal, encierra una doble mentira: por un lado, porque sí hay déficit fiscal. Por otro lado, porque la escasez de dólares depende de la oferta y demanda de dólares. Los pesos no escasean (esa es otra mentira); pero, aunque escaseen, si los bienes y servicios extranjeros están más baratos que los nacionales, tenderá a haber mayor demanda que oferta de dólares.
¿Qué podría cambiar si los pesos fueran realmente escasos? El principal uso de los pesos es comprar bienes y servicios nacionales; si los pesos fueran escasos, habría recesión. Un economista neoclásico diría: “y la recesión traería baja de precios”. Pero tenemos el ejemplo del fin de la convertibilidad: en un contexto de tipo de cambio atrasado, en 2001 los pesos escaseaban, el consumo privado bajó más de 12%, pero los precios sólo bajaron 1,5%. Era imposible equilibrar la economía a través de una deflación. Al igual que ahora, la mayoría del país no quería que subiera el dólar, pero el país estaba en una agonía, con el pulmotor del “blindaje” obtenido por el gobierno de De la Rúa a fines del año 2000, que prometía asistencia financiera por cerca de 20 mil millones de dólares, del FMI y otros organismos internacionales.
Ahora se está pidiendo otro “blindaje” similar. No se debería usar para prolongar una agonía.
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