Miyazaki al desnudo, las series del mes

Uno. Pasó hace nada y pasó hace un montón: ese ritmo frenético y un poco zonzo que mueve las noticias o las modas. Algo que parece lo último titila al mismo tiempo que empieza a diluirse hasta quedar tapado por otro algo, todavía más nuevo y estridente, y así. Novedades como bebés que nacen con cara de ancianos (la mayoría). La semana pasada, a esta misma hora, las redes se veían invadidas por imágenes generadas por una nueva función del chat GPT que permitía a los usuarios transformar sus fotos imitando la estética del estudio Ghibli, esa adorable casa de animación japonesa fundada por Hayao Miyazaki y un grupo de colegas, creadora de obras maestras como Mi vecino Totoro, El viaje de Chihiro, La princesa Mononoke o El recuerdo de Marnie (de paso, vale recordarlo: todas ellas y muchísimas más están disponibles en el catálogo de Netflix). Mirar el teléfono fue cruzarse con instituciones de cualquier rincón del planeta, viejos compañeros de la primaria, campeones del mundo, parientes lejanos, dirigentes políticos, cantantes, titulares de consorcios de edificios, niños y grandes jugando por un rato a verse distintos, a tener esa particularidad y ese encanto de ojos sorprendidos, de colores vivos, de naturaleza chispeante. Todos y cada uno, como dibujados a mano. Todos nuevos y al mismo tiempo uniformados. Todos singulares, todos calcados. Todos y nadie. (En pocas horas, claro, llegaron los debates y las consabidas polémicas, con el mismo ritmo agitado y evanescente).

Dos. “Todo gran arte trae consigo la marca de la ligereza. No importa cuán pesado luzca, no importa si sus procedimientos y sus materiales evocan el fárrago o la mole. El gran arte siempre parece flotar, cosa tanto más sorprendente si se trata de objetos voluminosos: las catedrales góticas, como naves espaciales a punto de despegar; los párrafos de Rabelais y Cervantes; cualquier página de Onetti; las conversaciones diabólicas de Thomas Mann; la composición abisal de Velázquez; los edificios de Lina Bo Bardi. Obras pesadas pero que logran suspenderse en el aire, no sabemos si a pesar o a causa de su densidad. La ligereza, por tanto, como seña del gran arte. Dan ganas de soltar esta fórmula: si no flota, no es arte”, leo en La ligereza, de Juan Cárdenas, un flamante libro de ensayos publicado este mes por Sigilo. De inmediato pienso en todo eso que parece volar –una forma particular de la levedad, esa flotación que no es estrictamente etérea– que distingue a las películas del estudio Ghibli y que tironeó a millones en todo el mundo a sentir que también podían volar por un rato toqueteando unos botones de sus teléfonos. “Por desgracia –sigue Cárdenas– vivimos en un mundo que confunde la ligereza con la frivolidad (...). Por supuesto, nada es más difícil que la ligereza. El arte siempre es dificilísimo. Solo que hay un tipo que revela la dificultad y otro que la oculta”.

Tres. Una escritora que me encanta –una artista con una obra flotante, también– y que creo que es la que mejor trabajó la ligereza en su escritura: Hebe Uhart. Por estos días Adriana Hidalgo Editora publicó Una pequeña parte del universo, un libro divino que compila textos donde, además de comentar varias de sus lecturas, Uhart ofrece algunas ideas sobre la escritura. “Empecé a escribir de forma deliberada, como si me estuviese ejercitando para algo, alrededor de los diecisiete años. Me ayudó a corregir los textos un amigo mayor, egresado de Filosofía, pero a quien le interesaba mucho la literatura, con un perfil similar al mío, que estudié filosofía y en las clases de Filosofía Moderna leía a Dostoievski mientras escuchaba vagamente que lo mónada no tiene puertas ni ventanas. Ese amigo, sin cobrar por su enseñanza, tuvo la paciencia de leer lo que yo escribía y me señalaba las partes vivas y las partes muertas del texto. Y aunque alrededor de los diecinueve años yo no me interesaba por la filosofía, algo se me debe haber pegado por lo que leía, supongo que Husserl, porque un verano se me dio por desfulanizar a todo el mundo. Yo vivía en un pueblo suburbano donde todos los vecinos del centro se conocían, se saludaban y se paraban a hablar de lo que a mí me parecían pavadas, entonces quería percibirlos fuera del contexto cotidiano de tedio y la chatura y verlos en su mismidad, como seres luminosos que emergen en toda su esencia: a todo es yo lo llamaba desfulanizar. Por eso los ejercicios literarios que hacía tenían este encabezado: ‘Esa tortuga’, ‘Ese colibrí’. Ese y esa en su mismidad”.

Cuatro. Los aparatos nos escuchan y se ve que algo dije en casa sobre Miyazaki, la inteligencia artificial o el estudio Ghibli porque apenas empecé a buscar algo para mirar en las plataformas, la tele me ofreció el documental Hayao Miyazaki y la garza (2024) del menú de Netflix. Me gustó especialmente la nula solemnidad con la que los realizadores, seguramente cercanos al gran maestro del cine de animación, se aproximan a su costado más íntimo. En las primeras escenas Miyazaki está desnudo en una pequeña pileta de agua termal. En ocasiones aparece en piyama, deambula por un pasillo desvelado, fuma inquieto, dibuja con los pies temblorosos, se frustra porque las cosas no le salen, llora por la muerte de un amigo, discute con sus compañeros de trabajo. Se supone que está haciendo su última película, que es El niño y la garza (aunque su colaborador más cercano le dice “mentiroso” porque vive diciendo que va a renunciar y no para y hasta le lanza el adjetivo que sospechamos todos: “neurótico”). El cineasta de los universos únicos como uno más: con toda la preocupación encima, a lo largo de seis años. Un hombre de a pie buscando la ligereza y al mismo tiempo viendo de qué manera esconder sus mecanismos. Hasta que lejos de cualquier frenesí, de los relojes o las novedades impostadas –y con el título más desfulanizado de todos: El niño y la garza– consigue desprenderse de la Tierra y flotar. Una vez más.

Empieza una nueva edición de Mil lianas. Por acá.
1. Los libros de abril. Con la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires cada vez más cerca –un recordatorio: arranca el 24 de abril para el público en general, por acá pueden leer un poco más sobre las particularidades de esta edición– las editoriales locales y los sellos extranjeros que publican sus títulos en el país anunciaron para este mes el lanzamiento de muchísimos y muy diversos libros.
Por mi parte, habrán notado que ya arranqué con La ligereza, del escritor colombiano Juan Cárdenas (Editorial Sigilo, 2025). También me entusiasmó saber que de la mano de Blatt & Ríos llega un nuevo libro de la escritora argentina Marina Yuszczuk (hace un tiempito hablamos por acá de su novela Para que sepan que vinimos) y que Ampersand publica una serie de ensayos de la uruguaya Ida Vitale en su preciosa colección Lectores.
Pero hay mucho más. En este enlace pueden leer una suerte de guía que armé con algunas de las publicaciones más destacadas del mes.

La guía con los libros de abril se puede leer por acá.
2. El buen mal, de Samanta Schweblin. En las seis historias hay una inquietud que no se menciona pero que late, una tensión por algo inminente que pareciera a punto de estallar y que se percibe en cada gesto de los protagonistas. Ocurría en la nouvelle Distancia de rescate o en los relatos de Siete casas vacías y vuelve a suceder ahora: los personajes de los cuentos que integran El buen mal (Random House, 2025), el nuevo libro de la escritora argentina Samanta Schweblin, se mueven por el nervio de un volcán inescrutable. Como si se tratara casi de una marca registrada en esta autora, una vez más vuelven a escena la tragedia, la fragilidad de la vida cotidiana, los vínculos familiares y el peligro al acecho de todos, pero en especial de algunos niños.

Instalada en Berlín, donde vive y da talleres de escritura, por estos días anduvo de gira presentando su reciente libro. Primero fue en España y luego en Argentina con dos presentaciones públicas, una en el Malba de Buenos Aires, otra en Córdoba.
Como hizo con la mayoría de los medios gráficos locales, la escritora eligió responder por correo electrónico las preguntas que le mandé sobre su nueva publicación (“prefiero contestarlas por escrito y devolverle a las palabras el peso y el cuidado que se merecen”, me dijo). Las diferencias entre cuento y novela, su interés por la idea del cuidado, los peligros en la infancia, su mirada sobre el gobierno de Javier Milei y por qué cree que lo extraño puede llegar a ser más genuino fueron algunos de los asuntos a los que se refirió. Pueden leer la entrevista completa en este enlace.

El buen mal, de Samanta Schweblin, salió por Random House. En este enlace, una entrevista con la autora.
3. Series y películas del mes. Abril también trae novedades en el mundo del streaming. Está, claro, El Eternauta a fin de mes, uno de los lanzamientos más rutilantes del año. Pero también se vienen la segunda y esperadísima temporada de The Last of Us, el regreso de Black Mirror y una nueva temporada de Hacks, algo que en lo personal me tiene muy entusiasmada porque es una de mis series preferidas.
Con todo eso y otros estrenos armé esta selección con las series y películas que se podrán ver en formato hogareño a lo largo de abril. Ahí se van a encontrar con las fechas, las plataformas y los tráilers.

La selección con series y películas que llegan al streaming en abril se puede leer por acá.
Apostilla. El mes nuevo también trae novedades a Lumiton, mi plataforma virtual favorita para ver películas en casa. Hasta el 28 de abril, disponible desde Argentina de manera gratuita y online, se podrá ver un ciclo con diez películas de Stanley Kubrick. Están, entre otras, sus grandes tanques como El resplandor, Full Metal Jacket, La naranja mecánica y Lolita. Encuentran todo en este enlace.

Banda sonora. Hablábamos arriba de ligereza y una de las películas que vi recientemente y más disfruté es casi una oda a lo leve. Se trata de Better Man, la biopic de Robbie Williams estrenada hace poquito con una particularidad: mientras que todo el elenco de la película está interpretado por actores y actrices profesionales el cantante británico es representado por un mono creado digitalmente.
Como lo explica una voz en off del propio Williams al comienzo del largometraje, ocurre que él mismo se vio así en su vida, como una especie de animal de feria, una figura dispuesta a entretener al público. Con una estructura clásica, repleta de números musicales y versiones pegadizas de los grandes hits de Williams, la película es ligera, súper conmovedora y al mismo tiempo un gran retrato de un personaje tan lleno de carisma como de matices. Aproveché para sumar algunas de sus canciones a nuestra banda sonora. Se escucha, como siempre, por acá.
Bonus track. Esta semana se conoció la triste noticia de la muerte de Val Kilmer, a quien muchos recuerden seguramente con cariño por su participación en películas emblemáticas de los ‘80 y los ‘90 como Top Secret, Top Gun, El Santo, The Doors y la fallida Batman Forever, entre muchas otras. En 2021 (¡qué jóvenes fuimos!), en una edición de Mil lianas dedicada a los desvelos, hice referencia al documental Val, lanzado en aquel entonces, que lo tiene como protagonista. “Hace mucho que quiero contar una historia sobre la actuación. Del lugar donde acaba tu persona y empieza el personaje. Ahora que me cuesta hablar, tengo más ganas de contar mi historia”, afirma en el largometraje el actor, a quien tiempo atrás le habían detectado un cáncer de garganta que lo mantuvo alejado temporalmente de su trabajo. Así fue que decidió revisar los cientos de grabaciones que registró y conservó a lo largo de su vida (fanático de las cámaras, siempre tuvo una a mano y grabó desde escenas de su infancia hasta los castings y material detrás de escena en los sets de sus películas más célebres) y hacer de eso un relato fascinante en un documental que tuvo su estreno mundial en el Festival de Cannes y después se lanzó en la plataforma Amazon Prime Video donde está disponible en la actualidad.
En Val, Kilmer se muestra con honestidad al desnudo, muestra sus problemas físicos, cuenta sus obsesiones, sus desvelos, las internas con algunos de sus pares y directores con los que trabajó, sus dolores, su vida familiar. Como una suerte de collage, que tiene a su hijo como narrador en off por la dificultad que tiene el actor para hablar, el documental resulta un recorrido súper conmovedor al tiempo que exhibe la historia de una estrella, el astro de un cine popular e imbatible. Si pueden, no se lo pierdan.
Bonus track II. Si andan por Buenos Aires, recuerden que sigue el BAFICI (en la edición anterior hicimos una especie de mapa con algunas películas). Sumo que habrá en estos días funciones de dos clásicos restaurados del cineasta suizo Alain Tanner (Jonas que tendrá 25 años en el año 2000 y En la ciudad blanca)

¡Hasta la próxima!
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